Cuando los miedos vinieron a perturbar mi reconfortante sosiego, guardé
silencio.
Cuando
vinieron a apoderarse de mi alegría, no pronuncié palabra. (El asombro me dejó
sin saliva en la boca).
Cuando los vi, en la penumbra
de la luz, adentrarse por la claraboya esperando romper, en mi interior, esa
sutil frontera que divide un corazón, callé.
(La congoja me llevó hasta el término de lo indecible).
Cuando
vinieron finalmente a buscarme, no me rebelé, cerré los ojos. (Las sombras
cayeron sobre mí, cubriéndome de una opaca marisma). La noche lo cubrió todo.
Más
la oscuridad todo lo revela.
Y
cuando llegó la aurora miré más allá de la dominación establecida y pude ver un
pálido reflejo depositándose en mis ojos y sentí un aletear en el pecho, como
un vuelo de palomas.
Creí
mi realidad.
Había
dejado atrás una larga noche de invierno.
