viernes, 30 de septiembre de 2016


Amanda, tierna Amanda: 

Te escribo para decirte que no quiero contarte nada.
Únicamente por abrigar la ilusión de que me leas despaciosa, cuando no puedas dormirte o te falte el sueño.
Te escribo entre dos calmas, con el reflejo solar en la página y con manos generosas que laboran palabras y palabras.
Es veintinueve de Septiembre, por no tener no tengo necesidad de salir de casa hoy.
Oigo alarde de pájaros, rumor de gentes que van o vienen, muchachos que alborotan con sus risas...
Atisbo por la ventana, un señor mayor, sentado en un banco de la avenida finge leer la prensa del día. Ha llovido esta noche pasada y el agua ha limpiado la atmósfera pero también  ha ensuciado las calles.
Siento que el aire rezuma tibieza vespertina, aromas de brezo, filamentos de tu voz.
Yo, nacido para correr, me fui en busca de quién soy, transitando en un sueño. Pero este alejamiento es muy penoso, se eternizan los días. ¡Si vieras que agonía!
El corazón que es la sede de los afectos, se inunda de una nostalgia que excede en las distancias, se agrandan en la ausencia, se valúan más ajustadamente.
En esta hora desacostumbrada cuando el color del tiempo es un azul flamante, la añoranza me ha retrotraído a aquel épico invierno cuando asistíamos a clase de literatura y leías tus relatos y a todos nos dejabas embobados. Es algo extraño.
Siempre nos queda la esperanza de lo que jamás podrá perderse. Brindo por aquellos lúcidos días. Entonces era imposible imaginar la tristeza.
Compasiva amiga, la debilidad del rebelde merece una piedad.
Te añoro, Amanda. Va siendo el momento de idear un encuentro.  
Entre tanto, para distraer la espera voy dejando caer, silenciosamente, cada queja, cada sollozo o risa sobre las letras. Más no temas, encima de mí las constelaciones tejen sucintas promesas.



lunes, 19 de septiembre de 2016

La vida, nunca es nuestra.
Nos la dan en custodia y, más tarde,
luego de haber andado un trecho por la tierra,
la dejamos ahí, sobre un ampo de luz,

con nuestra propia alma. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Calaba
A la localidad de Calaba recalan en verano cientos de personas. Casi nadie se conoce entre sí. (Y nadie hace nada por cambiar eso).
Se cruzan unos y otros por las calles, por los parques, por el paseo marítimo por cualquier parte pero no se saludan de viva voz. Las miradas se encuentran unos instantes y después huyen hacia otras miradas pero no se detienen. No hay necesidad de más. Sencillamente hay que saber qué gestos cumplir, y en que orden y ritmo o bien basta la mirada como respuesta al ademán de alguien.
Pasa una joven con una melena larga y rubia y el hombre que la mira contiene la respiración, parpadea y deja salir, pausadamente, el aire contenido entre los labios.
Sobran las palabras
Pasa una pareja, cogidos del brazo. Y una señora que pasea a su perrita, les mira con cierto interés, da un hondo suspiro, vuelve la mirada hacia su perrita Kuky, y continúa su paseo. 
Sin palabras.
Allí, en Calaba, pasan esas cosas y otras muchas.
Y no hay lugar más proclive para disfrutar y recrearse. Es un sitio mágico.
Al anochecer, en su despejado cielo se distingue una enorme y anaranjada luna que atrae todas las miradas.
Calaba es una noche estrellada. Canta el cielo en lengua astronómica. Y la luz en su idioma magnético.
Es una tierra de sol y de fresco aliento. El aire trae, a veces, aromas de flor de azahar por sus naranjos.
También por su variada floresta: hibiscos, buganvillas, jazmines, claveles chinos, geranios…
Al que llega por vez primera le impacta y al que sin detenerse mucho entra y hace un recorrido breve, se marcha cautivado.
Allí se vive como en ningún otro sitio. Uno no se siente asaltado por el trabajo, no hay obligaciones apremiantes. Nadie va con prisas, ni con hora. No es preciso el reloj.
Nadie es más que nadie. Ni menos. A nadie se le discrimina. A nadie se la distingue. Todos visten de manera informal y veraniega.
Es como una sociedad ordenada sin grandes diversidades de conducta o de autoridad.
La gente se desplaza de acá para allá de arriba hacia abajo, más cerca, más lejos, pero con el espíritu siempre animoso.
¿Problemas? Apenas. ¿Sufrimientos? Ninguno. ¿Sosiego? Todo. 
Debe ser el talante del visitante el que da a Calaba su forma. (Homenaje a las formas).
El mar, el sol, el clima, la naturaleza, han otorgado a Calaba el privilegio de crecer en ligereza. Y con todo ese entretejido, surge una imagen sólida y compacta.
En Calaba hay a cada momento un niño que desde una ventana ríe. Un perro que salta de contento alrededor de sus dueños al verles aparecer.
Y cuando llega la noche se iluminan las casas, las avenidas, los paseos, en ese momento la localidad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula.
Yo misma creo ser una luciérnaga. Y no sólo soy luciérnaga. Sino también el aire en que vuela. Y me disputo el día en gorjeos.
Con el resto de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quien las recibe.



domingo, 4 de septiembre de 2016



 Pintar…

Pintar retratos sin modelo.
Primero pintar una dama poniéndose el sombrero ante el espejo, con un tenue matiz.
Después trazar, con firmes pinceladas, el retrato de un hombre, en blanco y negro.
Acaso el color sea lo de menos.
Quizá se pueda entonces pintar la realidad con sus luces y sombras para restablecer el orden.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Cuando se vuelve de un viaje y uno le cuenta a alguien todo lo visto y visitado en su periplo por el mundo, cometerá un error en tratar de hacer ver a quien sea, su propia perspectiva de los sitios y las cosas tal como las apreció en el lugar mismo.

Cada cual lo verá según en el sitio en que esté situado. En su mente se reflejará una ciudad diferente. Un objeto con un símbolo distinto. La imaginación recorrerá lugares e itinerarios supuestos. Barrios con paisajes sin semejanza. Porque tú viaje se desarrolla solo en el pasado. Por lo tanto, ahora, lo qué ves está siempre a tus espaldas.

Ocurre que para no decepcionar a los oyentes el viajero describe las ciudades de las postales y no la que realmente han visto sus ojos; pero cada persona lleva en la mente una ciudad hecha solo de diferencias. Sin figuras y sin forma. Y cada uno/a las completa, las viste, las adorna, las sitúa a distintas alturas…

La mente del que escucha parte por cuenta propia, desmonta, reconstruye, sustituyendo elementos, desplazándolos, invirtiéndolos…
Por ejemplo: en la mente de un rey una flor se verá entre otras tantas flores y dentro de un inmenso jardín.
En la mente de un joven apuesto, un castillo se verá custodiado por valientes soldados y entre ellos estaría… él.
En la mente de una sencilla mujer, necesitada, es posible que sólo despertara su curiosidad algo relacionado con la carestía de las cosas y el modo de ganarse el sustento en aquellos lugares y, si la explicación es positiva, su mirada atravesará tundras, archipiélagos, cadenas de montañas…

Así como las postales no representan a la ciudad como es, tampoco lo que describas se entenderá como realmente tú lo quieres hacer ver.
Evocar tantos recuerdos te llevará a mezclar fechas y cambiar datos y elementos del relato en las descripciones.
Los gestos, las muecas, las miradas pueden servir tanto como las palabras.

Empezar a decir como debía ser la vida en aquellos lugares, el día a día noche tras noche.
Habrá gentes felices entre infelices… y en ella se irán dando forma a los deseos.


El viaje es: Un tiempo suspendido en mil reflejos. Que cambian según el itinerario cumplido al que cada día que pasa añade un día y su extrañeza.