Amanda, tierna Amanda:
Te escribo para decirte que no quiero contarte nada.
Únicamente
por abrigar la ilusión de que me leas despaciosa, cuando no puedas dormirte o
te falte el sueño.
Te
escribo entre dos calmas, con el reflejo solar en la página y con manos
generosas que laboran palabras y palabras.
Es
veintinueve de Septiembre, por no tener no tengo necesidad de salir de casa
hoy.
Oigo
alarde de pájaros, rumor de gentes que van o vienen, muchachos que alborotan
con sus risas...
Atisbo
por la ventana, un señor mayor, sentado en un banco de la avenida finge leer la
prensa del día. Ha llovido esta noche pasada y el agua ha limpiado la atmósfera
pero también ha ensuciado las calles.
Siento
que el aire rezuma tibieza vespertina, aromas de brezo, filamentos de tu voz.
Yo,
nacido para correr, me fui en busca de quién soy, transitando en un sueño. Pero
este alejamiento es muy penoso, se eternizan los días. ¡Si vieras que agonía!
El
corazón que es la sede de los afectos, se inunda de una nostalgia que excede en
las distancias, se agrandan en la ausencia, se valúan más ajustadamente.
En
esta hora desacostumbrada cuando el color del tiempo es un azul flamante, la
añoranza me ha retrotraído a aquel épico invierno cuando asistíamos a clase de
literatura y leías tus relatos y a todos nos dejabas embobados. Es algo
extraño.
Siempre
nos queda la esperanza de lo que jamás podrá perderse. Brindo por aquellos lúcidos
días. Entonces era imposible imaginar la tristeza.
Compasiva
amiga, la debilidad del rebelde merece una piedad.
Te
añoro, Amanda. Va siendo el momento de idear un encuentro.
Entre
tanto, para distraer la espera voy dejando caer, silenciosamente, cada queja,
cada sollozo o risa sobre las letras. Más no temas, encima de mí las
constelaciones tejen sucintas promesas.


