Romance
Allá en los
siglos pasados
en la ciudad
de Granada,
vivió una
noble familia:
lo más granado
de España.
El señor, de
nombre Enrique,
la señora,
doña Juana
y el fruto de
sus amores
-gran orgullo
de la dama-
Manuel de la
torre Díez
infante de
noble casta.
Proezas de
mucha bravura
le aportaron
grande fama,
meritoria fue
la gesta
del reino que
sumó a España.
Marqués le
nombrara el Rey
por tan
singular hazaña
y un infantado
añadió,
siervos, para
su labranza.
Estos le
rendían tributo,
le servían de
buena gana,
creyéndole tan
valiente:
igual que a un
dios alababan.
- Buena
estrella a usted le guíe
señor de
ilustre crianza,
buen hijo, de
los insignes:
don Enrique y
doña Juana.
Prestigio
añadió a su nombre,
renombre a tan
noble casa,
¿autoridad?
nadie niega,
riqueza, se
ignora cuanta.
Si su coraje
es notorio,
su gallardía
era tanta
que a hembra
que el galán mirase,
mujer quedare
prendada.
Sus conquistas
amorosas
por decenas se
contaban,
sólo una se es
sabido,
a sus cortejos
negara.
La más dulce y
virtuosa,
la más gentil
de las damas.
Hija de un
hidalgo hombre,
conocido
aristócrata.
Manuel juró
por su honor
hacer suya a
la muchacha,
y el mismo
tesón ponía
que para ganar
batallas.
- Juro por mi
nombre a Dios
que desposaré
a esa dama,
así me cueste
la suerte,
no cejaré, en
mi cruzada.
En la corte de
palacio,
vestirá como
sultana,
entre tanta
jerarquía
será la más
respetada.
Tan seguro
estoy de eso
como ducho en
tal demanda.
Más ella tan
virtuosa,
se guardaba y
resguardaba
al amparo de
los suyos
sin tomar lo
que él brindaba.
El Marqués,
por su desaire
no era el
mismo, se notaba,
perdió peso,
ganó celos,
y ni soltaba
palabra.
Lánguido en su
ensoñación
consumía la
mañana,
en la tarde,
despistado,
iba, venía,
suspiraba...
Sus padres le
reprendían
esa actitud
tan extraña.
- Hijo mío:
ponle fin,
otras muchas
te idolatran.
- Ninguna se
iguala a ella,
respondía de
mala gana.
Optó por otra
mesura
para ganarse a
la dama.
- Si con
promesas y halagos
no he ganado
esta cruzada...
De algo ha de
servir mi hombría,
renegaba en su
recámara.
Preparó una
estratagema,
y raudo corrió
a su casa.
Regresó de muy
mal ver,
arisco, con la
muchacha
asida sobre su
hombro,
como si fuese
una saca.
- No quisiste
por las buenas:
aquí estarás
apresada
hasta vencer
tu ojeriza
o concluir mi
esperanza.
Con su
cuantiosa fortuna
reforzó la
gran muralla
que circundaba
el castillo,
donde recluyó
a la dama.
Quién sabe Dios
que vilezas
encierra el
hombre en su alma,
por muy noble
que éste sea:
de alta cuna o
buena casta.
Ni viéndolo con sus ojos
ningún vasallo dudara,
que ese bizarro, buen amo / aquella falla
ocultara.