ACCIÓN!
Con nerviosismo terminé de acicalarme, eché una última mirada
hacia el espejo y salí del baño apresurada. De paso hacia la puerta de la
calle, recogí el bolso y la americana que descansaba en el respaldo de una
silla en el recibidor y sin más dilación partí. No quería llegar tarde a la
cita aquella tarde de Domingo. Había quedado para ir al cine con un chico, que
me gustaba bastante, por tanto tenía mucho interés en no retrasarme esa vez… Ya
estaba él esperándome en el lugar acordado. Nos saludamos con un beso y echamos
a andar, por la Gran-Vía
hacia el cine “Callao”.
Con las entradas en la mano, las palomitas y el vaso de coca-cola
pasamos a la sala 11 donde se proyectaba la película que íbamos a ver. Nuestros
asientos estaban en la fila 9, muy bien situados, lo comentó mi acompañante
mientras me ayudaba a desprenderme del chaquetón. Nos acomodamos y ambos como
de mutuo acuerdo alargamos la mano hacia el cucurucho de las palomitas. <<¡Qué
sería del cine sin palomitas, dije yo!>>
<<No sería lo mismo, algunos no aguantarían la publicidad que
pasan antes de la proyección, contestó mi amigo>>. Y reímos la
ocurrencia.
Al fin se apagaron las tenues luces de la sala y aparecieron
impresos en la pantalla los nombres de los actores y el título de la película.
Me arrellané en el asiento dispuesta a no perder detalle más no fue así ya que
el foco de la linterna del acomodador dirigido hacia donde estábamos nosotros
me deslumbró, de tal manera que apenas si distinguí a la persona que se abría
paso avasallando y propinando pisotones al personal, sin siquiera pedir disculpas
por ello; aunque debió percatarse de las quejas. Más difícil me resultó a mí no
saltar ante el olor que desprendía aquel individuo. ¡Uf, que tufo!... Moví los
brazos en el aire como queriendo ahuyentar aquel nauseabundo hedor. El hombre,
sin inmutarse, siguió revisando la numeración en las butacas que quedaban
libres, pero volvió sobre sus pasos, con gran disgusto por mí parte, y se
apoltronó en el asiento de mi izquierda. Quedé aprisionada junto al apestoso.
Sentí una sensación de nausea mientras él deshacía los nudos de la cochambrosa
bufanda que traía enroscada al cuello. Para más inri la puso, sin ningún
miramiento, en el brazo separador del asiento; creí morir de asfixia.
Me aparté cuanto pude arrimándome a mi amigo cayendo en la cuenta
que acaso éste pudiera creer que me estaba insinuando. Que situación tan
bochornosa. Cerré los ojos, quizás si me quedaba quieta sin perder la calma,
pudiera aguantar.
Pero ya la insana pestilencia se había expandido, mezclándose con
las partículas de oxígeno, contaminando la atmósfera y en un avance veloz, la
fuerte mezcolanza, iba penetrando por las fosas nasales, comprimiendo la
faringe y haciendo irregular mi respiración. Pensé que no sobreviviría. Hasta
el pensamiento se me estaba envenenando. Trague saliva. Me supo amarga. En mi
desesperación, traté de imaginar lo que harían los héroes de la película en un
caso semejante. La única salida viable estaría en escapar de allí, –razoné- pero
esto le parecería bastante raro a mi amigo si, en pleno desarrollo de la
historia, yo decidiera abandonar la sala sin permitirle a él ver el desenlace
del film. Giré la cabeza y le observé, durante unos instantes, estaba
ensimismado mirando a la pantalla. No, no podía hacerle esa faena. De tales
cavilaciones me sacó de golpe la ronca voz del tipo apestoso. <<Me cago
en la mala sombra, porqué habré venido yo a perder mi tiempo para ver esto.
Todas las películas son iguales. Siempre ganan los buenos. ¡A la mierda el
cine, a la mierda todo, me largo de aquí!>> Y se fue, sí, pero dejando
impregnado en el ambiente y en nosotros, su opresivo olor.

