lunes, 25 de noviembre de 2013

Un grito rompe el silencio.
¡Un llanto que parte el alma! Es la llamada de auxilio de la mujer maltratada, por un vil intimidador.
Por la furia desmedida y una ira incontrolada, del cruel torturador.  

La mujer desventurada, estremecida de susto, pide clemencia…
Un  manotazo, en la cara, es la ruin contestación.
Un insulto, en el oído, que humilla más que el dolor.
Un  dolor que se repite, una inquietud que no cesa, ¡el miedo que martiriza
cuando se cierra una puerta!

Una ofensa: miserable. Una maldad: sin razón. Un ultraje: sin pretexto.
Una infamia… sin perdón.
Vileza de un bravucón que se ampara tras el filo de un cuchillo o se escuda en la demencia, para mancillar adrede…
Una fiera ¡que se crece! con el terror que despierta.

Víctima de su agresor y de su triste infortunio, la desvalida mujer, ronda ciega, sin consuelo, en busca de alguna luz.
La boca, desdibujada con la herida lacerante y un gemido de tormento, chilla pidiendo socorro… mientras cae desfallecida.
Se está muriendo, indefensa, mártir del odio enconado de un homicida, villano, que no tiene compasión.

¿Dónde estáis, hombres, mujeres de bien que no acudís en ayuda?
¿No percibís la llamada: los gritos de una mujer?

Ana Vadilo Gómez


viernes, 22 de noviembre de 2013

AMOR. Oh, la, la, la...


El amor es el vértigo de las emociones, una sensación que te aboca al abismo, la luz que nos redime de la pesadumbre de los celos.
Un sentimiento que florece en las pupilas y en lo más recóndito del corazón y es, en si mismo: un acabamiento incesante en tanto la sangre arde de placer…
Es un ardiente olvido de todo lo demás.

miércoles, 20 de noviembre de 2013


Desde lo ignoto
¿No partió la voz desde las gargantas de la noche a los augures del eco?
¿No volvió, en su transfiguración, con el sonido argento de las aguas?
¿No partieron las tribus de Israel a los desiertos?
¿No trajeron los héroes las raíces de las cimas?
¿No buscó el peregrino la clave de esta vida sin sonrisas
y en un recodo intemporal del mundo halló la ciudad de la alegría?
¿No se alejaron los pájaros hacia otras tierras ajenas
y volvieron con una nueva primavera?
¿No persiguió el trovador a la musa de los sueños azules
desde el vergel de su imaginación?
¿No regresó, en el colmo de su alegoría, con los dones mesiánicos del lumen?
¿No se aventuró el hombre a descifrar el enigma de la inmortalidad
y retornó con un pesar errabundo?
¿No vendrán otra vez detrás de los vitrales del crepúsculo
los fantasmas de la memoria y se darán cita en mi jardín insomne?
Más ¿qué hacer hoy que nos otorgue otro abril,
otra ribera donde poner los odios,
detener las angustias
y afirmar el manantial de sol de esta nueva fosforescencia?



jueves, 14 de noviembre de 2013

Romance

Allá en los siglos pasados
en la ciudad de Granada,
vivió una noble familia:
lo más granado de España.
El señor, de nombre Enrique,
la señora, doña Juana
y el fruto de sus amores
-gran orgullo de la dama-
Manuel de la torre Díez
infante de noble casta.
Proezas de mucha bravura
le aportaron grande fama,
meritoria fue la gesta
del reino que sumó a España.
Marqués le nombrara el Rey
por tan singular hazaña
y un infantado añadió,
siervos, para su labranza.
Estos le rendían tributo,
le servían de buena gana,
creyéndole tan valiente:
igual que a un dios alababan.
- Buena estrella a usted le guíe
señor de ilustre crianza,
buen hijo, de los insignes:
don Enrique y doña Juana.
Prestigio añadió a su nombre,
renombre a tan noble casa,
¿autoridad? nadie niega,
riqueza, se ignora cuanta.
Si su coraje es notorio,
su gallardía era tanta
que a hembra que el galán mirase,
mujer quedare prendada.
Sus conquistas amorosas
por decenas se contaban,
sólo una se es sabido,
a sus cortejos negara.
La más dulce y virtuosa,
la más gentil de las damas.
Hija de un hidalgo hombre,
conocido aristócrata.
Manuel juró por su honor
hacer suya a la muchacha,
y el mismo tesón ponía
que para ganar batallas.
- Juro por mi nombre a Dios
que desposaré a esa dama,
así me cueste la suerte,
no cejaré, en mi cruzada.
En la corte de palacio,
vestirá como sultana,
entre tanta jerarquía
será la más respetada.
Tan seguro estoy de eso
como ducho en tal demanda.
Más ella tan virtuosa,
se guardaba y resguardaba
al amparo de los suyos
sin tomar lo que él brindaba.
El Marqués, por su desaire
no era el mismo, se notaba,
perdió peso, ganó celos,
y ni soltaba palabra.
Lánguido en su ensoñación
consumía la mañana,
en la tarde, despistado,
iba, venía, suspiraba...
Sus padres le reprendían
esa actitud tan extraña.
- Hijo mío: ponle fin,
otras muchas te idolatran.
- Ninguna se iguala a ella,
respondía de mala gana.
Optó por otra mesura
para ganarse a la dama.
- Si con promesas y halagos
no he ganado esta cruzada...
De algo ha de servir mi hombría,
renegaba en su recámara.
Preparó una estratagema,
y raudo corrió a su casa.
Regresó de muy mal ver,
arisco, con la muchacha
asida sobre su hombro,
como si fuese una saca.
- No quisiste por las buenas:
aquí estarás apresada
hasta vencer tu ojeriza
o concluir mi esperanza.
Con su cuantiosa fortuna
reforzó la gran muralla
que circundaba el castillo,
donde recluyó a la dama.
Quién sabe Dios que vilezas
encierra el hombre en su alma,
por muy noble que éste sea:
de alta cuna o buena casta.
Ni viéndolo con sus ojos
ningún vasallo dudara,

que ese bizarro, buen amo / aquella falla ocultara.

miércoles, 13 de noviembre de 2013


Era una tarde triste, una tarde de triste melancolía, una larga carretera y una aldea.
Era un hombre apenado, tanto que parecía que esa era su naturaleza.
Se le estaba haciendo la noche en la mitad de la tarde, pero no quería volverse sombra.
Hay un soñar-fuera-del-alcance que siempre está pasando. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Llegará un momento y no muy tarde
en que caminaré escondido en los zapatos,
con la mirada recogida en busca de su centro.

Llegará un momento y no muy tarde
en que las ideas se apolillarán
en los armarios del pensamiento.
En que ni un bendito sueño restituya
el cansancio acumulado.
La mera ordenación de las cosas
resulte tarea azarosa,
lo cierto siembre dudas en la conciencia
y en mi oído
deje de soplar el viento.

Llegará un momento y no muy tarde
en que sobre mí las estaciones
resbalen como la lluvia
por el tallo florido de las plantas.
Las lágrimas se abrirán paso
sin que yo les dé permiso
y la voz se enredará en mis labios
en un duelo de signos desnudos.

Navegaré las horas sin sombra ni pasado
en ese triste estado de la desmemoria.
La soledad, como un imán,
se pegará a mis huesos
y el rastro de un beso
se lo habrá llevado el vendaval del olvido.
Andaré por ahí, a la búsqueda de nadie,
por la mañana a coger aire,
por la tarde a administrar su don.

Llegará un momento y no muy tarde
en que un inclemente viento se cuele en mi sangre
y, la piadosa noche desvaine su sable
al despuntar el alba,
en ese empeño de traspasar la luz
a quién el sol ignora en la mañana.


martes, 5 de noviembre de 2013

Cambios que nos cambian

Emiliana venía sintiéndose mal durante toda la tarde. le dolía mucho la espalda y sentía una pesadez fatigosa en las piernas. El embarazo era la causa de sus molestias, lo sabía, como también sabía que aún faltaban un  par de semanas según sus cálculos, para que acabaran sus padecimientos.
No comentó ni profirió queja alguna. A la hora de cenar, con la excusa de que se tomó un café con leche un rato antes, apenas si probó bocado. Sirvió, eso sí, a su esposo e hijas como era costumbre más en cuanto recogió los platos, con una disculpa pueril, se retiró a descansar.
Ya en la cama y cerrados los ojos, Emiliana, intentaba dormir pero no lo conseguía. Cambió de postura, tampoco así lograba adormilarse. Resignada se dispuso a afrontar otra larga noche.
Afuera diluviaba. El aguacero salpicaba en los cristales de la ventana y producía una sonoridad persistente y molesta.
Su esposo, a su lado, respiraba acompasadamente, ajeno al insomnio y malestar de la mujer. Ya bien pasada la media noche pudo quedarse transpuesta, más estando en ese soporífero letargo notó una sensación cálida entre las piernas. Introdujo una mano para verificar y… Dios, había roto aguas.
-          Fermín, despierta.
-          Qué ocurre, mujer.
-          Llévame al hospital: voy a dar a luz.
-          Pero qué dices, aún no es la fecha.
-          Pues si no espabilamos…
No obstante, el alumbramiento no se produciría enseguida, tal como supusiera Emiliana. Alonso no vino al mundo hasta veinticuatro horas más tarde, cuando su madre apenas si reconocía el sitio donde estaba ni el porqué.
Su hijo nació al amanecer del día veintiocho de diciembre, festividad de “Los Santos Inocentes” y llegaba en unos momentos muy complicados para la familia.
Apenas acababan de llegar a la Capital, forzados por un traslado de su esposo, Fermín.
Las dificultades se sucedían por doquier, primero fue la búsqueda de vivienda, ardua tarea, dado los precios de los alquileres; hubo que parearse las calles con el frío inherente hasta dar con una adecuada a sus necesidades y medios económicos. Por otro lado urgía encontrar plaza para la niña en algún colegio público cercano, no podía estar sin escolarizar, podrían sancionarlos.
Aparte, no conocían a nadie que les echara una mano con la pequeña, mientras ellos hacían las pesquisas oportunas. En resumidas cuentas, el parto en fechas no previstas, venía a embrollar aún más las cosas. Eso pensaba Fermín en la sala de espera del hospital, no obstante un rato después cuando le comunicaron que el alumbramiento había ido bien y que el bebé era un robusto y sonrosado varón, le cambió el semblante y rechazó los míseros pensamientos de su cabeza de poco antes.
Sí, porque la célula familiar estaba configurada hasta ese día: por su esposa, la hacendosa ama de casa Emiliana Bonal, la hijita de cuatro años, y él mismo: Fermín Sánchez, Subinspector adjunto de policía de barrio. Así el nuevo retoño venía a sumarse a los demás miembros. Según su punto de vista, una grata compensación. ¡Un chico, un “macho”, lo que tanto anhelaba!, se decía para sí. El resto de las cosas… carecían de importancia en esos momentos.



sábado, 2 de noviembre de 2013

Tu mano

Tu mano es fuego desleído en su bruñida piel.
Es agua, cauce, cascada, fuente donde saciar la sed.
Es la escala, el diapasón, la nota, la acotación.
Es el canto, la nana que duerme mi anhelo.
Es el modo, es el acomodo, el contento.
Es la senda, el camino que recorren mis labios
Es como un ala de viento, danza, remonta las alturas, congrega a las estrellas, les da la comunión.

Su piel exhala la fragancia de las violetas.