Calaba
A la localidad de Calaba recalan
en verano cientos de personas. Casi nadie se conoce entre sí. (Y nadie hace
nada por cambiar eso).
Se cruzan unos y otros por las
calles, por los parques, por el paseo marítimo por cualquier parte pero no se
saludan de viva voz. Las miradas se encuentran unos instantes y después huyen
hacia otras miradas pero no se detienen. No hay necesidad de más. Sencillamente
hay que saber qué gestos cumplir, y en que orden y ritmo o bien basta la mirada
como respuesta al ademán de alguien.
Pasa una joven con una melena
larga y rubia y el hombre que la mira contiene la respiración, parpadea y deja
salir, pausadamente, el aire contenido entre los labios.
Sobran las palabras
Pasa una pareja, cogidos del
brazo. Y una señora que pasea a su perrita, les mira con cierto interés, da un
hondo suspiro, vuelve la mirada hacia su perrita Kuky, y continúa su paseo.
Sin palabras.
Allí, en Calaba, pasan esas cosas
y otras muchas.
Y no hay lugar más proclive para disfrutar
y recrearse. Es un sitio mágico.
Al anochecer, en su despejado
cielo se distingue una enorme y anaranjada luna que atrae todas las miradas.
Calaba es una noche estrellada.
Canta el cielo en lengua astronómica. Y la luz en su idioma magnético.
Es una tierra de sol y de fresco
aliento. El aire trae, a veces, aromas de flor de azahar por sus naranjos.
También por su variada floresta:
hibiscos, buganvillas, jazmines, claveles chinos, geranios…
Al que llega por vez primera le
impacta y al que sin detenerse mucho entra y hace un recorrido breve, se marcha
cautivado.
Allí se vive como en ningún otro
sitio. Uno no se siente asaltado por el trabajo, no hay obligaciones
apremiantes. Nadie va con prisas, ni con hora. No es preciso el reloj.
Nadie es más que nadie. Ni menos.
A nadie se le discrimina. A nadie se la distingue. Todos visten de manera informal
y veraniega.
Es como una sociedad ordenada sin
grandes diversidades de conducta o de autoridad.
La gente se desplaza de acá para
allá de arriba hacia abajo, más cerca, más lejos, pero con el espíritu siempre
animoso.
¿Problemas? Apenas.
¿Sufrimientos? Ninguno. ¿Sosiego? Todo.
Debe ser el talante del visitante
el que da a Calaba su forma. (Homenaje a las formas).
El mar, el sol, el clima, la
naturaleza, han otorgado a Calaba el privilegio de crecer en ligereza. Y con
todo ese entretejido, surge una imagen sólida y compacta.
En Calaba hay a cada momento un
niño que desde una ventana ríe. Un perro que salta de contento alrededor de sus
dueños al verles aparecer.
Y cuando llega la noche se
iluminan las casas, las avenidas, los paseos, en ese momento la localidad se
transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula.
Yo misma creo ser una luciérnaga.
Y no sólo soy luciérnaga. Sino también el aire en que vuela. Y me disputo el
día en gorjeos.
Con el resto de instantes
separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quien las recibe.