LA
VISITA
Hoy he venido a verle y no estaba.
Por lo cual, ni una bendita alma se persona a darme la bienvenida.
Ni a decirme adios.
Cruzo el zaguán con el legajo de papeles enrollado bajo el
brazo,
en un ensimismamiento laborioso.
Dejo atrás cuatro paredes, dos vetustas higueras y una enredadera
injertada en la corteza de su tupido ramaje.
Ajeno de reclamos, se desplazan mis huesos viejos.
La oscura acometida de las sombras hostiga a mis doloridos pies.
Un frío de nieve se cuela entre las solapas del desgastado
gabán.
Con pasos ausentes me dejo ir, en tan solitaria saciedad.
El pensamiento fijado en una idea: debí tener en mente que pasaría
a visitarle hoy.
Me asigno como un deber ineludible, el hacer un calendario de
futuras visitas.
Desolvidado de la hora y el término, no reparaba en torno mío.
Un hilillo de espuma salivosa se desliza por mis amoratadas
comisuras.
En un desierto vacío de espacios, me paro.
Del oscuro silencio, surge la voz de alguien.
Tardo en reconocer que es mi afectada voz la que silba entre mis
labios.
Definitivamente estoy extraviado.
No sé volver.
La dama blanca de la noche emerge detrás de un nimbo y besa mis
manos,
como alentándome.
Yo no andaba de una contestación afirmativa, yo... no me
encontraba.
Yo vagaba en un laberinto de espejos.

