sábado, 31 de marzo de 2012


su alma...
En los entresijos y los evangelios de mi fantasía, como un gran tesoro, yo escondí su alma;
vestida de besos y envuelta en su olor.
Pero, en la maraña de la inconsciencia, se extravió.
Bajé a los infiernos, vagué en las cavernas, busqué en las cloacas de mi confusión, sin hallar su rastro.

Subí hasta la gloria de los fundamentos y, en el empedrado de las añoranzas, hice una promesa, firmé un juramento: ¡La he de encontrar!

Cargué con la cruz de la pesadumbre. Como un avariento indagué sin freno. Mandé mil misivas a los estamentos, -las altas esferas de la voluntad- pero, ni un consuelo para mi infortunio.
Seguí sin desmayo, por bosques y valles.
En una angostura del pensamiento, yo planté un enebro, le até un lazo rojo para que se viera y puse la firma, sellada con sangre de mi corazón.
Vislumbré una senda junto a mi esperanza, y en dos rosas blancas, prendí la ilusión que voló hacia el sol de la lucidez.
Y, con su luz divina, la vi: recostada en sueños.
Me sonreía.
¡Alma, alma mía...!
Olvidé la pena, se me fue el dolor; recobré la vida.
Hallé la paz.


miércoles, 28 de marzo de 2012


CUÉNTAME TUS HISTORIAS
tus amenas y recurrentes historias, esas que aderezas con menudas especias, y pétalos de rosa
y jugosos extractos con sabores de siempre.

Cuéntame tus historias: a manera que a ti te las contaba la abuela,
en las noches de invierno al amor del hogar.
Las más costumbristas, semejantes a las del cuento de nunca acabar,
y también aquellas en las cuales se describen notables hazañas
de imaginarios superhombres.

Ah, y no dejes de lado la del mito de los fantasmas, ni el modo en que aparecen y desaparecen por la chimenea difuminados entre el humo y las llamas de la lumbre.

Cuéntame tus historias, ficticias o inventadas: que hablen de epopeyas,
de monstruos que se vengan.
Historias fabulosas, de príncipes valientes, de nobles que nos salvan de todos los peligros.
Historias sin palabras, sin luz y sin testigos, sin pausas ni silencios.
Únicamente tú mirada serena y el pulso de mis sienes,
la súplica,
el anhelo...

Y con todo lo que la sombra hace oír.

La sacudida del viento en la arboleda, el crujir de las ramas,
el temblor de las frágiles rosas, el runrún persistente de las aguas
- ese silabeo de la lluvia en otoño -.
La palpitación de las palomas, sus batidas de alas,
el tronar estrepitoso traspasando montañas y valles...

Más no te detengas ahí
porque es mucha la noche y muchas las historias que recobrar hasta
colmar mi interés.

Tal es su sortilegio.

sábado, 10 de marzo de 2012


Pájaro monstruoso


Ana Vadillo Gómez

Gradualmente fue abriendo el día. Tomás chasqueó los dedos festejando la salida del astro sol tras el horizonte. Sus duras y curtidas facciones se antojaban entonces más distendidas, menos crispadas de lo que pudieran apreciarse en la penumbra.

Era el momento de echarse al monte con el fin de llegar al tajo e iniciar la tarea, en la recogida de la uva. El método de trabajo en el viñedo requería mucho movimiento y esfuerzo. Excesivo sacrificio para la escasa recompensa que obtenía como empleador. Un mísero salario que no alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas, y si servía para llenar el estómago de la prole, podía uno darlo por bien aprovechado.

Ya de anochecido, Tomás con las pesadas cestas sobre sus hombros, emprende el regreso a la Cooperativa para dejar las jugosas y dulces uvas tintas. Antes apartará un par de granados racimos para los chiquillos. Ya andarían, pensaba Tomás, atisbando tras los ventanucos por verle llegar, sin perder de vista la perola de las gachas. No sabría concretar si su interés era por natural cariño o a causa del deseo de que viniese pronto para empezar a cenar.

Tomás anda jadeante, medio desfallecido, aún así mantiene la espalda recta, aparentando firmeza. Pero nada más lejos de la realidad, lo cierto es que siente una picazón junto a la espina dorsal que le obliga a caminar erguido a pesar y a resultas de sufrir alguna secuela posterior. Y es que, sin entender el origen, ni a razón de qué es víctima de una malformación tan curiosa como atípica.

Un tiempo atrás obligado por la quemazón que sentía se tentó próvidamente el espaldar y notó a ambos lados del espinazo dos pequeños apéndices, delicados pero muy firmes. Al principio era fácil simular tan singular anomalía pero el progresivo desarrollo de tales agregados le originaba un sin fin de inconvenientes.

Entonces, Tomás, comenzó a vendarse el torso en la creencia de que así mitigaría su estiramiento, sin embargo y para sorpresa suya, la pujanza y robustez de las membranosas alas desbarataba la cuidadosa ligadura. Si ya en la primavera despuntaban insinuándose bajo la ropa interior, pasado el verano forzaban de manera impropia la tela de la camisa con el riesgo de aparecer a la vista de todos y dejarle en evidencia.

Atemorizado ante esa posibilidad acabó por hacer algo que iba en contra de sus convicciones e interés económico: desasirse de un cristo de plata –única pieza de valor que poseía, heredad de sus mayores- guardada, cual seguro de vida, para alguna emergencia grave; no obstante con tal de subsanar su engorroso problema valía la pena saltarse, las reglas.
Acudió a un facultativo confiando en que éste solventara, de manera eficaz  y concluyente, su singular problema.

El galeno después de reconocerle y sopesar distintas alternativas emitió un diagnóstico: corregiría la longitud de las alas cercenando las puntas, luego le aplicaría un ungüento que, además de suturar la herida –aseguró con énfasis-, obraría como neutralizante para debilitar el cartílago. Además le recetó un brebaje con propiedades inmunes.
Pero el remedio tuvo un efecto contradictorio e imprevisible. Tomás sufrió una metamorfosis difícil de entender en su organismo: mudó su traza y su espesa lustrosa pelambre por una pelusilla enviciada y superficial, así mismo perdió cejas y pestañas, con lo cual sus ojos aparecían más redondos y sagaces; asemejándose más a un pajarraco que a ninguna otra cosa.

Los renuevos, en vez den ir a menos, evolucionaban con un ímpetu y progresión que en pocos meses alcanzaron una dimensión tan descomunal que fue preciso adecuar la vivienda para que pudiese acomodarse y descansar. Su amante esposa, se vio obligada a ocultarle durante las horas diurnas como medida cautelosa, no fuera a propagarse por ahí el rumor y algún desaprensivo intentara ocasionarles mayores desgracias.   

No obstante una noche, cuando se disponía a echar la ración de alpiste sobre una hoja de periódico -era lo único que podía ingerir Tomás, ya en aquel tiempo sin temor a ahogarse-, se fijó en un anuncio que aparecía encuadrado en el centro de la página. La curiosidad hizo que soltara el paquete de los granos y se pusiera a leer con gran interés. Según avanzaba en la lectura una idea iba germinando en su mente, a la par que una cómica sonrisa se le acentuaba en sus labios. Con el corazón desbocado a causa del nerviosismo, la mujer, tomó un papel y bolígrafo y comenzó a escribir.

A la atención de Montserrat Cucurulla:
En respuesta a su anuncio del periódico, creo que estoy en disposición de facilitarle una buena pista sobre el paradero del monstruoso pájaro que creyó ver hace unas noches. Si acude usted a la dirección que le adjunto (.....) verá por sí misma que la información es veraz y yo me haré con la recompensa prometida.
                                                              Atentamente.
                                                                  S S S

jueves, 8 de marzo de 2012

DONDE ROMPEN LAS OLAS

Eduardo es una excelente persona. Desde bien joven despuntaba ya por ser un chaval muy despierto, sumamente curioso para su edad.
Ponía gran interés en todo lo que hacía y prestaba mucha atención a lo que oía. Demostrando con su perspicacia lo listo que era.
Pues, aún poseyendo una profusión de virtudes y otras muchas cualidades, Eduardo no es perfecto. Se podría decir que en  su historial hay una manchita, un punto negro. Aun siendo ya un hombretón y estar en plena facultad física, a pesar de los pesares... ¡Eduardo es: un miedica! ¡Un miedica  asustadizo!: ¡Un auténtico miedoso!
Un día mientras se afeitaba frente al espejo del cuarto de baño, se quedó quieto, mirándose fijamente. Se tocó la cabeza con los nudillos y murmuró en voz alta: “Es... como un rompeolas. Hay algo que siempre termina estrellándose en ella”.
Y es que su naturaleza, padece un trastorno, que le hace reaccionar de una forma impropia. Le asusta la oscuridad. El miedo atormenta sus noches.
El problema del miedo, además del horror que le hace padecer, le acarrea muchos conflictos, y ahora de adulto es peor, debe guardar las formas fingiendo ser un tío valiente, cuando no lo es. Oculta su vergüenza igual que un pecado. ¡El miedo le está arruinando la vida!. Porque se ve impotente para controlarlo.
Eduardo se preguntaba, como y cuando empezó a padecerlo. *Yo debí sentir miedo desde siempre, esta flaqueza martirizante vino conmigo al nacer *.
Y, es que  la complejidad del ser humano no tiene límites, es muy difícil descifrar los enigmas que esconde dentro. Cada persona es un universo.
Hubo un periodo relativamente tranquilo, en que pareció terminar el calvario de Eduardo, al menos, no sufría sobresaltos.
Llegó a creerse, que había superado el problema, le había mantenido cautivo muchos años, pero... *No he vuelto a sentir miedo desde..., desde... ¡ahora estoy liberado!*. Se repetía una y otra vez:
Y lo desterró de su mente. Empezó a hacer lo que suele hacer una persona normal: gozar sanamente de la vida. Pero, cuando más a gusto estaba, ¡Zas!.
Otra vez el suplicio. Su mundo se vino abajo de golpe, ya no le parecía tan seguro, ahora de nuevo le encontraba hostil  y lleno de peligros.
El miedo, tunante, nunca se marchó, ni se apartó mucho de él.
El miedo es una sensación que no se pierde fácilmente. Se sustenta de la inquietud sorda que despierta en la persona que lo padece
Eduardo, ante el miedo se volvía cobarde, se sumía en una profunda desesperación. Se estaba convirtiendo en una persona huraña y taciturna. Su congoja por tantos momentos y noches insomnes le hacían pasar ratos muy amargos. La emotividad, el instinto, la capacidad para afrontar los retos de la vida le fallaban. Aunque esa parte de él permanezca oculta a los ojos de todos. Inventa dilaciones, pretextos, avergonzado de su ultrajante miedo, intentando preservar su reputación por todos los medios. Ignora hasta cuando podrá... Su lucha interior es constante. Indaga entre los laberintos de su mente y al no encontrar respuesta se desespera Eduardo. Y las ilusiones de ganar la batalla al miedo se van desvaneciendo...
La familia de Eduardo vivía, desde tiempo inmemorial, en una casona con unos techos muy altos en contraposición de los pasillos, que eran largos oscuros y estrechos.
Su madre, tenía por costumbre, todos los inviernos, y coincidiendo con las fiestas de Navidad, invitar a una tía, hermana de su padre. La tía Matilde era funcionaria de toda la vida, solterona y con muy malas pulgas. Por un accidente que sufrió siendo niña le quedó, como señuela, una leve cojera que viene padeciendo desde entonces por lo que en, determinados momentos, hace uso de un bastón. Es una señora extravagante, lleva encima un sin fin de abalorios y asegura llena de satisfacción que no se los quita para dormir porque su tintineo le resulta grato. Además, es muy parlanchina, suele añadir a sus propios criterios los de sus antepasados: “Mi madre, que en paz descanse, me decía que cada persona lleva acuestas el peso de las pesadumbres que vamos acumulando y se van haciendo demasiado pesadas con el paso de los años; por lo cual es necesario ir soltando lastre para aliviar las desazones porque si no, llegará un día que nos arrastrarán”.
La tía Matilde, es ya bastante madurita pero al estar sin ningún compromiso, va y viene a donde le da la gana. Por Navidad, casi siempre,  acude unos días de visita en casa de su única sobrina, a la que apreciaba mucho. Aunque, al que quiere, como a un verdadero hijo es a Eduardo, ella defiende, orgullosa, “no es para menos:  soy su madrina”.
La noche del viernes, víspera de Nochebuena, Eduardo trasnochó más de lo debido, él es poco dado a andar muy tarde por ahí, no lo tiene por costumbre. Salió ese día con el propósito de dar simplemente una vuelta con sus amiguetes, arengado por la bullanguera de su tía, y una vez cogida la marcha se fue implicando, sin darse cuenta; que si una copa aquí que si luego otra allí, que si ahora invito yo, que si después me toca a mí... total, que cuando miraron el reloj eran pasadas las tres de la madrugada y llevaban encima una copita de más, por decirlo finamente. Eduardo se despidió de los amigos a la puerta del bar donde se habían bebido el último lingotazo, se le enredaba la lengua, no atinaba a decir buenas noches hasta se le olvidó desearles, Felices Fiestas. Estaba en babia, pero feliz porque el licor ingerido le proporcionaba seguridad. Echó a andar tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos y canturreando; balanceándose suavemente sobre sus fuertes piernas que se movían con gracia y todo. Se sentía: ¡Como el rey del mambo!. Ni se fijaba por donde iba, caminaba y caminaba, dejándose conducir libremente, por la inercia de la costumbre, sin más. Pero, poco a poco, con el fresquito que hacía en la calle por el relente de la noche, la euforia que el alcohol produjo en su sangre, fue disminuyendo hasta el punto que cuando estaba llegando a su domicilio, la alegría, se había trocado por un malestar general: La cabeza le estallaba, y el estómago parecía tan revuelto que amenazaba con salírsele por la boca. Apresuró el paso y abrió la puerta para correr al baño pero, cuando iba por el pasillo, sucedió algo inesperado; tuvo una alucinación. Entre la densa oscuridad percibió una respiración, creyó oír unos pasos; se quedó rígido, expectante, las piernas, tan firmes unos minutos antes, parecían ahora de gelatina y, justo entonces quiso la casualidad que los faros de un coche que cruzaba por delante de la casa iluminara, por una fracción imperceptible de tiempo, el fondo del pasillo; fue suficiente para que los ojos vidriosos de Eduardo vieran aquel duende, aquel espíritu. Tenía los pelos alborotados, una especie de túnica blanca cubriéndole hasta los tobillos, y entre los pliegues de la tela asomaban unas escuálidas manos llenas de sortijas que despedían fulgores azulados además, en una de ellas portaba lo que parecía un garrote que levantó, amenazadoramente, viniendo hacia él. Eduardo, sintió tal escalofrío, tanto miedo que, como un niño pequeño, se orinó;  notó el líquido caliente bajando por sus piernas, empapar los calcetines y mojar los zapatos, antes de llegar al suelo y formarse un charco alrededor suyo. Rompió a gemir en medio del silencio pero, esta vez, la misma sofocación, le hizo correr a enfrentarse a aquella... fantasmagórica “cosa”; la cogió por el cuello apretando, apretando... Fue un horripilante grito el que logró sacarle del Shock. Al apreciar que lo que él creyó un duende, era un ser real, de carne y hueso, huyó despavorido como alma que lleva el diablo hacia el único sitio donde sabía que encontraría la paz: el mar. Al llegar al borde mismo del abismo, detuvo un instante su impulso, pidió perdón a Dios por la felonía y se arrojó al agua, justo en el lugar, DONDE VIENEN A ROMPER LAS OLAS

“La fragilidad de la vida puede romperse, en cualquier momento como un cataclismo”.
Fin.

domingo, 4 de marzo de 2012


El cielo llueve que da lástima.

Cuando, de repente, en un sonoro día
comienzas a apreciar un vacío aislamiento,
y te sientes extrañamente solo
entre expectantes sombras de silencio,
cuando una nube invade el soberbio cielo,
turba la mirada de los agrisados ojos
del arrogante león -que fueras-,
mil pájaros aletean
en la nave oscura de tus pupilas:
lo inmediato se rebela en evidente desorden
sedimentando en la sangre, el recelo.