Metamorfosis
Gradualmente
fue abriendo el día. Blas chasqueó los dedos festejando la salida del sol tras
el horizonte. Sus duras facciones se antojaban entonces más distendidas, menos
crispadas de lo que pudieran apreciarse en la penumbra.
Era el
momento de aparejar el mulo y echarse al monte con el fin de llegar al tajo e
iniciar su labor en la recolecta de la baya roja. Frutos del cafeto que,
después de tostados, serán, hablando con propiedad, café en grano; y tomado
como infusión resulta un estimulante alcaloide muy apreciado por todo aquél que
ha tenido el placer de paladearlo.
El método de trabajo en el cafetal, requería mucho movimiento y
esfuerzo. Desmedido sacrificio para la escasa recompensa que obtenía el
empleador. Un mísero salariado que no alcanzaba casi nunca para cubrir las
necesidades más básicas; si daba de sí para llenar el estómago de la prole,
podía darse uno por bien pagado.
Ya de anochecido, Blas carga las pesadas sacas sobre el lomo del
mulo y emprende la marcha. Dado que el punto de entrega le coge de paso hacia
su hogar, le ahorra un tiempito que podrá dedicárselo a sus chiquillos. Ya
andarían, piensa el hombre, haciendo ronda o atisbando por los ventanucos por
verle venir, sin perder de vista la perola de las almortas. No sabría decir si
su interés era por natural cariño o por el deseo de que llegase cuanto antes
para empezar con la cena.
Blas espolea al animal hostigándole en las ancas con la vara que
le sirve a él de apoyo según avanza detrás. El mulo bufa pero no varía el
tranco. <<Animalito, va derrengado por el peso de la carga, murmura
compadecido>>
Pues a pesar de ir medio baldado, mantiene las orejas bien tiesas,
dando la impresión de parecer aún más largas de lo que en sí ya son. Es una
singularidad tan curiosa como atípica.
Son continuas las bromas de los conocidos sobre ello. Blas
defiende tal particularidad con el argumento de que si a las personas no deja
de crecerles desde su primer día de vida hasta última hora, por qué tanta
extrañeza del desarrollo progresivo de los apéndices de su mulo.
Él lo achacaba a los tirones que los chavales le propinaban
continuamente al intentar montarse encima, dada la mansedumbre de la bestia.
Sin embargo, interiormente, y muy a su pesar, reconocía que era un caso...
difícil de catalogar.
Y es que de mes en mes el tamaño de las orejas aumentaba en una
proporción desmesurada. Si ya en la primavera anterior la medida rayaba en los
treinta centímetros, pasado el verano la longitud alcanzaba, según su cálculo,
el medio metro.
Dado el efecto que originaba por donde quiera que pasaba, y más
que nada por no oír los comentarios y burlas de los curiosos que le salían al
paso, Blas comenzó a vendárselas por las noches, en la creencia que así
mitigaría su estiramiento. Pero, para su asombro, en las horas nocturnas la
pujanza y robustez cartilaginosa desbarataba la cuidadosa ligadura.
Pasó el invierno y harto de aguantar los dimes y diretes más
descabellados, terminó por hacer algo que iba en contra de sus convicciones e
intereses. Desprenderse de un cristo de plata, -el único valor material que
poseía, heredad de sus padres-, y que guardaba como oro en paño para alguna
emergencia primordial, ejemplo: la salud de sus hijos, pero con tal de subsanar
el problema, valía la pena el despilfarro. Acudió al veterinario confiado de
que éste lo solventaría de manera efectiva.
El facultativo después de reconocer al mulo y sopesar todas las
alternativas posibles emitió su diagnostico: corregiría la dimensión de las
orejas recortando las puntas, y luego le aplicaría un ungüento que, además de
suturar y curar la herida, obraría como neutralizante debilitando el cartílago.
También le recetó un brebaje muy efectivo, según él.
Pero el remedio tuvo un efecto contradictorio e imprevisible. El
pobre mulo sufrió una metamorfosis completa: comenzó a perder peso sin ninguna
justificación, mudó el pelaje por una telenilla traslúcida, que dejaba ver su
esquelética osamenta, también las pezuñas se le cayeron a pedazos, y lo que es
peor, pegados a las orejas le salieron otros renuevos que evolucionaban con
tanta firmeza y progresión que en poco tiempo alcanzaron una longitud tan
descomunal que fue preciso despojar la techumbre del establo para que pudiese
sestear.
Una noche, cuando se disponían a tomar la consabida sopa de todos
los días, Blas levantó la vista del plato y miró hacia fuera, lo que vio le
hizo saltar de la silla y salir corriendo. Por encima de la casa un alado
cuadrúpedo remontaba el vuelo alejándose por el infinito, cual ave fénix.
FIN