domingo, 30 de diciembre de 2012



Permíteme decirte en un grito la verdad más auténtica.
Que el mar levantaba olas que alcanzaban las orillas del otro lado del hemisferio, el sol se cernía sobre el desolado crepúsculo, la noche olía a frío y el cielo y los collados se entremezclaban en lo oscuro y la luna me conducía hacia los acantilados (El pánico aviva las llamas del miedo).
Para salvaguardarme de ese negro temor me ovillé en los dulcísimos recuerdos. Y el calor hermoso del apego que imperó en mi infancia espació y sembró estrellas y la alegría dentro de mí remontó hasta henchir mi espíritu con una dulce armonía.

miércoles, 26 de diciembre de 2012


Ese levísimo instante

 Ese instante incipiente, paulatino, inexorable,
en su limbo silencioso.
que copula sobre el intervalo.

Ese condensado lapso prendido al ahora
exento de realidad, 
por donde transita el espacio.

Ese instante sin antes ni luego, huérfano de sentido,
reducido a la nada,
como una ausencia.

Ese instante que se ignora a qué ha venido
en el último instante,
prendido al efímero presente.

Ese hueco sin hueso ni latido, que muere
en un santiamén,
antes de ser pasado.

Ese trivial instante sin objeto, que arde,
se quema, desaparece,
adentrado en su mortal destino.

Ese intervalo, redivivo de su propio fondo
que encontró su espacio,
se quedó y no se fue.

Ese levísimo instante,
semejante a las pupilas de un chaval que,
de repente, se llenan de infinito.


domingo, 23 de diciembre de 2012


Metamorfosis

Gradualmente fue abriendo el día. Blas chasqueó los dedos festejando la salida del sol tras el horizonte. Sus duras facciones se antojaban entonces más distendidas, menos crispadas de lo que pudieran apreciarse en la penumbra.
Era el momento de aparejar el mulo y echarse al monte con el fin de llegar al tajo e iniciar su labor en la recolecta de la baya roja. Frutos del cafeto que, después de tostados, serán, hablando con propiedad, café en grano; y tomado como infusión resulta un estimulante alcaloide muy apreciado por todo aquél que ha tenido el placer de paladearlo.
El método de trabajo en el cafetal, requería mucho movimiento y esfuerzo. Desmedido sacrificio para la escasa recompensa que obtenía el empleador. Un mísero salariado que no alcanzaba casi nunca para cubrir las necesidades más básicas; si daba de sí para llenar el estómago de la prole, podía darse uno por bien pagado.

Ya de anochecido, Blas carga las pesadas sacas sobre el lomo del mulo y emprende la marcha. Dado que el punto de entrega le coge de paso hacia su hogar, le ahorra un tiempito que podrá dedicárselo a sus chiquillos. Ya andarían, piensa el hombre, haciendo ronda o atisbando por los ventanucos por verle venir, sin perder de vista la perola de las almortas. No sabría decir si su interés era por natural cariño o por el deseo de que llegase cuanto antes para empezar con la cena.
Blas espolea al animal hostigándole en las ancas con la vara que le sirve a él de apoyo según avanza detrás. El mulo bufa pero no varía el tranco. <<Animalito, va derrengado por el peso de la carga, murmura compadecido>>
Pues a pesar de ir medio baldado, mantiene las orejas bien tiesas, dando la impresión de parecer aún más largas de lo que en sí ya son. Es una singularidad tan curiosa como atípica.
Son continuas las bromas de los conocidos sobre ello. Blas defiende tal particularidad con el argumento de que si a las personas no deja de crecerles desde su primer día de vida hasta última hora, por qué tanta extrañeza del desarrollo progresivo de los apéndices de su mulo.
Él lo achacaba a los tirones que los chavales le propinaban continuamente al intentar montarse encima, dada la mansedumbre de la bestia. Sin embargo, interiormente, y muy a su pesar, reconocía que era un caso... difícil de catalogar.
Y es que de mes en mes el tamaño de las orejas aumentaba en una proporción desmesurada. Si ya en la primavera anterior la medida rayaba en los treinta centímetros, pasado el verano la longitud alcanzaba, según su cálculo, el medio metro.
Dado el efecto que originaba por donde quiera que pasaba, y más que nada por no oír los comentarios y burlas de los curiosos que le salían al paso, Blas comenzó a vendárselas por las noches, en la creencia que así mitigaría su estiramiento. Pero, para su asombro, en las horas nocturnas la pujanza y robustez cartilaginosa desbarataba la cuidadosa ligadura.

Pasó el invierno y harto de aguantar los dimes y diretes más descabellados, terminó por hacer algo que iba en contra de sus convicciones e intereses. Desprenderse de un cristo de plata, -el único valor material que poseía, heredad de sus padres-, y que guardaba como oro en paño para alguna emergencia primordial, ejemplo: la salud de sus hijos, pero con tal de subsanar el problema, valía la pena el despilfarro. Acudió al veterinario confiado de que éste lo solventaría de manera efectiva.
El facultativo después de reconocer al mulo y sopesar todas las alternativas posibles emitió su diagnostico: corregiría la dimensión de las orejas recortando las puntas, y luego le aplicaría un ungüento que, además de suturar y curar la herida, obraría como neutralizante debilitando el cartílago. También le recetó un brebaje muy efectivo, según él.


Pero el remedio tuvo un efecto contradictorio e imprevisible. El pobre mulo sufrió una metamorfosis completa: comenzó a perder peso sin ninguna justificación, mudó el pelaje por una telenilla traslúcida, que dejaba ver su esquelética osamenta, también las pezuñas se le cayeron a pedazos, y lo que es peor, pegados a las orejas le salieron otros renuevos que evolucionaban con tanta firmeza y progresión que en poco tiempo alcanzaron una longitud tan descomunal que fue preciso despojar la techumbre del establo para que pudiese sestear.
Una noche, cuando se disponían a tomar la consabida sopa de todos los días, Blas levantó la vista del plato y miró hacia fuera, lo que vio le hizo saltar de la silla y salir corriendo. Por encima de la casa un alado cuadrúpedo remontaba el vuelo alejándose por el infinito, cual ave fénix. 


FIN

sábado, 22 de diciembre de 2012



Levanta corazón, levántate, conmigo.
Deja el desánimo aparte,
sobre las grises baldosas de esta morada.

Tómame de tu mano y llévame a la otra orilla,
más allá de las aguas donde,
amarrada al talle de una caracola
espera una fantasía blanca,
buscando su alborada.

lunes, 17 de diciembre de 2012




CUANDO estás sin palabras en la boca
y está amordazándonos la voz,
o el ruido sordo del grito que nos viene
del aire se apresa entre los labios,
en ese espacio frío
que se aquieta en la garganta…
se desprende el vacío de la noche en el oído.

Nos vuelve luna del desierto

martes, 11 de diciembre de 2012


Permíteme decirte, amor…
Que vivo en desaliento agrio, que voy de derrota en derrota
por el resbalador silencio lleno de todas las cosas que quedaron atrás,
caminando de puntillas por el vértice de la alucinación.
Cual estrella fugaz ando en la noche,
nada me hostiga y nadie me acompaña, únicamente
la luna, desleal, cercando mis pies.
Más en este tipo de escenarios, amor, sigues reinando en mí.

Permíteme decirte, que mi único deseo: es volver a la orilla de tu alma.

domingo, 2 de diciembre de 2012



Voy a seguir creyendo, aún cuando la gente pierda la esperanza.
Más allá del insuperable cinismo de aquellos que formulan mensajes discordantes. Para que haya por lo menos un grito que deje su rastro en el aire.
Voy a seguir creyendo, en ese amigo de todas las horas. En esas mujeres, con ojos de cielo, sin otra cosa que hijos y pobreza a la espalda.
En los poetas, furtivos de utopías.
En aquellos que pastorean la realidad fiable.
Los que cantan y bailan al son de las palmas.

Voy a seguir creyendo hasta que el hombre haya recuperado su espíritu batallador.
Y seguiré y seguiré y levantaré los brazos porque siempre habrá una sedienta flor que salvar.
Porque siempre habrá un alma… Erguida sobre tantos sueños renacidos de honorabilidad.