viernes, 28 de octubre de 2011


Miro sus manos. Esas que tantas veces y con tanta ternura, tomaban mi mano mientras me susurraba: ¿Te vienes de paseo?
Mi corazón saltaba de alegría y sus ojos reían al verme feliz.
Acomodaba su paso a mis pequeños pasos para cruzar la calle, mirando de lado a lado y, en un acto de cariño, presionaba sus dedos en mi palma para hacerse entender que no me detuviese en medio de la vía.
Ahora son mis manos las que ciñen sus dedos, ellas sirven de abrigo para esa fría piel que ni el mismísimo sol entibia. 
Ahora es el afecto quien mitiga los fríos.
Lo mismo, igual a entonces, sus manos en mis manos, más hoy esos temblones dedos se aquietan con el tacto, se prestan al amparo, al calor de otra vida (sangre).
Hoy para ti estos versos, estas añoranzas, mi corazón en cada palabra.




lunes, 24 de octubre de 2011


                        Introspectivo         

Al nacer: Gritos
Relámpagos de luz
Infancia que salta.

Extender entonces la mirada limpia y retadora
Efímera escala
Blanca quimera
Las calles como ríos y el pájaro en la rama  (J. R. J.)

Doliente y vana queja
Tórtola presa
Primavera clara
En ella va su cielo azul y el sosiego del ave.

Defensa,
Atrevimiento audaz de asir el viento
Escuchar su sonoro canto
Y meter todo el asombro entre las alas.

Lienzo de áspera trama
Orfandad
Alfileres líquidos-lágrimas
Mirada cristalizada.

Silencio frío
Tierra quemada
Agua
Celaje que se erige en amenazante duelista.

Mercader de sangre
Ingrato destino.

miércoles, 19 de octubre de 2011

EN TIERRAS BAJAS

Aún no ha acabado el tiempo.
No, todavía no ha acabado el tiempo de las sombras.

Falta un trecho ciertamente angosto en tierras bajas,
mirando paisajes sin paisajes.

Ay, peregrino: habrás de seguir. Sin ruido,               
sin ruido.

Únicamente el canto de los pájaros
y el sueño caliente en el pecho.

Y el corazón ahí, ahí.



lunes, 17 de octubre de 2011


A veces, nuestra memoria hecha manos de la historia para escribir un poema.

A veces en el libro de la historia encontramos la respuesta a las dudas que laceran nuestra alma.
A veces mirándose al espejo del ahora las preguntas son historias que perturban el sosiego.
Sin entender la razón alumbra nuestra memoria verdades, sino resolutas, expeditamente creíbles, que marcaron otra época.
Los historiadores, entre una nube de miedos, pudieron transcribir su versión sobre los hechos.
Tal como Eneas y su amigo Acates se ocultaron para poder contemplar la ciudad de la fenicia Dido.
Así podemos tener idea de qué manera organizaban su existencia los dioses.
O el modo con que fueron arrojadas las naves de los troyanos, sobre las costas de áfrica por la rencorosa Juno. - Grave afrenta para los súbditos fieles -
Y como escaparon Eneas y sus compañeros de la catástrofe de Troya.
El poder de los dioses era un sarmiento que abarcaba Constantinopla.
A veces, la obstinación arruina las arcas de los mercenarios. - Los argumentos suplantan la verdadera intención de los viles-.
A lo largo de los siglos, la violenta tempestad de odio marcó el pasado y echó por tierra las garantías de perdón.
Asimismo, las garantías de paz, son solo papel mojado que se deshace en el tiempo, a la vista las guerras.
Se advierte que la estupidez de los fatuos anegó de sangre los jardines de la epopeya.
Entre los cimientos de la antigua roma, quedó enterrada el alma de muchos inocentes.
Por todo ello, cuando abrimos algunos libros de historia nos salpica el odio que engendraron ciertas acciones.
Dejemos que el corazón pase delante de la razón y así, el oscuro pasado, cobrará un tinte rosáceo...

viernes, 14 de octubre de 2011

Hoy doblan las campanas de todas las estrellas.
Nos sobra dolor y nos falta alguien. Mi alma siente frío en su gruta de huesos.
Basilio duerme aquí. Aquí late el origen de nuestra dignidad: lo real, lo concreto. 
Más nada nos brinda a tal punto la impresión de que todo se aleja.
Somos al fin y al cabo simples sobrevivientes en la épica diaria.
La vida nos coloca en un amanecer aventurado, para luego rendirnos a un pensamiento sobre el límite de la noche desierta.
Basilio, mi padre, pertenecía a esas generaciones que jamás se atrevieron a coger lo que deseaban, a ser lo que querían. Su historia, como la de millones de personas, estuvo cuajada de privaciones, sujeta a unas reglas.
En esencia, era una persona íntegra. Una persona de bien, de férreo coraje y caudalosa amistad. De sano juicio y trémulo afán, con una voluntad inquebrantable y una empatía manifiesta. Era amigo de sus amigos, fiable, por su conciencia; tenía las ideas muy claras; basaba los conceptos en su propia experiencia más que en las doctrinas impuestas, a veces, por los demás. Encaraba las adversidades con valentía e intrepidez, en ocasiones sin evaluar el riesgo.
No tenía vanidad, ni prejuicios contra nadie, ni envidias... tenía, eso sí: un corazón tierno y dulzura en los ojos, e íntimos dones que no enumero.
Por la razón, por el amor, por aquél épico invierno del 2000 que anduvo de acá para allá desafiando inclemencias para estar junto a Eugenia. Por las palabras que en un crepúsculo dijera (Que la vida va matando literal y metafóricamente todo lo que vas dejando atrás: mata tu infancia; lo que fuiste y lo que quisiste ser y luego los recuerdos y los olvidos; mata de verdad, como un rayo furioso).
Y es que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de sus voluntades: su actitud personal frente al destino.
Y con todo su vivir murió. Él, él, tan admirable.

Ahora que me he levantado huérfana
para sentirme yo, para entenderme
mejor, de otra manera, él será...
la pura referencia siempre, la eterna referencia.


miércoles, 12 de octubre de 2011


En el calor de la noche

El Inspector jefe de homicidios permanecía en pie revisando unos papeles dentro de su despacho cuando siente que llaman a la puerta. Simultáneamente oye la voz de su ayudante pidiendo permiso para entrar. Antes de concedérselo, se apoltrona en la butaca de detrás de la mesa, abre el cajón que cae a su derecha, saca una botella y da un largo trago de ron. Con presteza vuelve a guardarla en el mismo lugar, carraspea para aclararse la garganta y luego, elevando la voz emite un lacónico: <<¡Adelante!>> 
Un hombre de mediana edad, alto, delgado y talante sereno, que contrasta con la vivacidad de sus oscuros ojos, hace acto de presencia.
-          Siéntese, Martínez. ¿Trae alguna novedad?
-          Sí, señor. Hemos encontrado a una mujer y por la descripción que reza en nuestro poder..., en fin, estamos casi seguros de conocer su identidad...
-          No se ande por las ramas y dígame, ¿Quién es ella?
-          Una joven que no sobrepasa la treintena.
-          ¿Dónde fue hallada?
-          En el lago, muy en la margen izquierda, casi en la orilla...
-          ¿Y qué les indujo a suponer, que en ese punto tan concreto?...
-          Después que los buzos fondearan las zonas más profundas, sin rastro alguno, tuvimos la corazonada... Y atinamos.
-          ¿Aún no ha sido verificada su identificación por los denunciantes?
-          No, señor inspector. Se ha dado aviso ya a los familiares para que acudan al Anatómico forense...
-          ¿Cuándo, cuándo se supone que ocurrió el fatal...? 
-          Anteanoche. Dos días después de que denunciaran su desaparición.
-          El dieciséis de Junio –murmura el inspector, repasando sus notas-. ¿Algo más?.
-          No señor..., pero en cuanto surja algo nuevo...
-          Está bien, Martínez: buen trabajo.

Cuarenta y ocho horas más tarde, jefe y ayudante, mantienen una comunicación telefónica, muy confidencial. Martínez pone al tanto a su superior de los avances que se van produciendo sobre el caso que les ocupa. Le confirma que la fallecida es Victoria Robredo, una estudiante de medicina, hija de D. Manuel, maestro de primaria, muy apreciado entre la vecindad. <<Y en todo el pueblo>>, confirma el inspector.
En cuánto al resultado de la autopsia, también le informa de una revelación sorprendente: que a la víctima no le sobrevino la muerte por ahogamiento, sino por un infarto de miocardio. <<Qué me está contando, Martínez>> << Exactamente eso ha dicho el forense. Se cree que le inyectaron una sustancia, pero aún falta determinar cual.>>  <<¡Señor, señor, qué cosas!>>

Han transcurrido cuatro meses, tres semanas y cinco días, desde aquella exclamación del inspector. En este intervalo de tiempo han quedado claras varias cosas, entre ellas, que la causa de la muerte de Victoria Robredo, sobrevino por efecto de una sobredosis de una pócima venenosa que le provocó un colapso y el consiguiente paro cardiaco, después fue arrojada al lago, ya cadáver; probablemente para despistar o ganar tiempo.
Reunidos de nuevo, el mismísimo inspector, su ayudante y el detective de la científica, Andrés Segovia, -hombre de una clarividencia notoria y un físico imponente. Razón por la cual es más conocido entre los colegas, por diversos motes: Andrés la roca, por su fuerza, Andrés el trueno, por su bronca voz, Andrés la tempestad, por sus estruendosas risotadas. Una vez el voluminoso expediente colocado sobre la mesa, los tres, se disponen a cotejar datos y preparar nuevas estrategias de investigación.
-          ¿Qué nuevas traen?, -les insta el inspector. ¿Tiene ya algún sospechoso al que se le pueda atribuir?...
-          Bueno, además de interrogar a varios allegados y amigos de la fallecida, hemos hecho un seguimiento continuo, vigilando sus movimientos, pero no hay nada de que acusarles; todos ellos tienen su coartada, por ese lado no parece que hayamos avanzado mucho.
-          Pero habrá alguien por ahí que...
-          No se puede imputar a nadie, solo porque a nosotros nos parezca sospechoso, jefe.
El detective, hace un gesto con la cabeza dando a entender que está de acuerdo con lo que dice Martínez.
-          Verá, inspector, - comienza diciendo- hay varios frentes abiertos. De algunas fuentes ya nos están llegando pistas muy fiables sobre un individuo..., aunque no descartamos ninguna hipótesis.
-          No desde luego, pero, eso no sirve de mucho: quiero resultados, resultados, y los quiero cuanto antes, -y para dar más énfasis a sus palabras, golpeaba con los nudillos en la mesa-. Este asunto se está alargando demasiado y hay que darle carpetazo ya mismo. Así pues, a trabajar.
-          Sí, señor, -responde su ayudante.
-          Creo que no tardaremos mucho en descubrir al verdadero culpable, -vuelve a insistir el detective.
Dos días más tarde aparece en la Comandancia de la guardia civil el detective Andrés Segovia, viene acompañado de dos policías. Solicitan la presencia de Martínez. Cuando están frente a él le dicen sin más que vienen a arrestar al inspector. <<¿Cómo?, -la exclamación brota de los labios del hombre, como un silbido. ¿Se han vuelto ustedes locos, son conscientes de lo que están diciendo? 
Como ellos afirmaran volvió a insistir.
<<¿Tienen pruebas que justifiquen?... >> << Hay pruebas fehacientes para no dudar que el homicida no es otro que el mismísimo señor inspector, o sea: su jefe>> <<Disculpen que no lo crea. ¿Porqué iba mi jefe a hacer una monstruosidad semejante?>> <<Eso tendrá que confesarlo él, delante de quién corresponda. Nosotros únicamente venimos a cumplir las órdenes del Comisario>>
No hubo ninguna resistencia por parte del susodicho al ser acusado, más bien parecía que sintiera alivio, al menos, tuvieron esa impresión los agentes cuando le arrestaron.



martes, 4 de octubre de 2011

Puedo ser.

Puedo ser algo más que una sombra indeleble
con figura de hombre,
siguiendo tus pasos.

Y si tú me quisieras,
por esa sola gracia, puedo ser
ese sol que se posa en tu hombro,
esa luna creciente que dormita a tus pies
en la cuna de plata;
el sueño que florece,
tu ángel de la guarda.

O tal vez, en las tardes de furia.
alarido en un hondo silencio,
tu cielo, tu noche, tu miedo…
la sombra del viento,
forajido vil.

Y si quieres también
puedo ser piojo verde,
tañedor de tamboril y flauta,
ladrón de corazones,
tu rey y su espada.

Un vivo corazón,
tu día y tu sol –humilde servidor-,
tu fiel enamorado.