jueves, 15 de enero de 2015

Pobreza:

Ay, la pobreza.
      A nadie le gusta ser pobre:
asusta,  
           identifica,
                          avergüenza.     
Hiere la vista contemplarla.

Va mostrándole al mundo su identidad impúdica.

Más la pobreza no quiere
el rechazo.       
         Si, por una eventualidad, llamara a tu puerta
no la repudies,
                         no contagia.
Búscale un cobijo para su frío.
Es una tórtola que, en vértigo de vuelo,

viene hasta ti a poner una flor sobre tu mano.

sábado, 10 de enero de 2015


En el calor de la noche

El Inspector jefe de homicidios permanecía en pie revisando unos papeles dentro de su despacho cuando siente que llaman a la puerta. Simultáneamente oye la voz de su ayudante pidiendo permiso para entrar. Antes de concedérselo, se apoltrona en la butaca de detrás de la mesa, abre el cajón que cae a su derecha, saca una botella y da un largo trago de ron. Con presteza vuelve a guardarla en el mismo lugar, carraspea para aclararse la garganta y luego, elevando la voz emite un lacónico: <<¡Adelante!>> 
Un hombre de mediana edad, alto, delgado y talante sereno, que contrasta con la vivacidad de sus oscuros ojos, hace acto de presencia.
-        Siéntese, Martínez. ¿Trae alguna novedad?
-        Sí, señor. Hemos encontrado a una mujer y por la descripción que reza en nuestro poder..., en fin, estamos casi seguros de conocer su identidad...
-        No se ande por las ramas y dígame, ¿Quién es ella?
-        Una joven que no sobrepasa la treintena.
-        ¿Dónde fue hallada?
-        En el lago, muy en la margen izquierda, casi en la orilla...
-        ¿Y qué les indujo a suponer, que en ese punto tan concreto?...
-        Después que los buzos fondearan las zonas más profundas, sin rastro alguno, tuvimos la corazonada... Y atinamos.
-        ¿Aún no ha sido verificada su identificación por los denunciantes?
-        No, señor inspector. Se ha dado aviso ya a los familiares para que acudan al Anatómico forense...
-        ¿Cuándo, cuándo se supone que ocurrió el fatal...? 
-        Anteanoche. Dos días después de que denunciaran su desaparición.
-        El dieciséis de Junio –murmura el inspector, repasando sus notas-. ¿Algo más?.
-        No señor..., pero en cuanto surja algo nuevo...
-        Está bien, Martínez: buen trabajo.

Cuarenta y ocho horas más tarde, jefe y ayudante, mantienen una comunicación telefónica, muy confidencial. Martínez pone al tanto a su superior de los avances que se van produciendo sobre el caso que les ocupa. Le confirma que la fallecida es Victoria Robredo, una estudiante de medicina, hija de D. Manuel, maestro de primaria, muy apreciado entre la vecindad. Y en todo el pueblo, confirma el inspector.
En cuánto al resultado de la autopsia, también le informa de una revelación sorprendente: que a la víctima no le sobrevino la muerte por ahogamiento, sino por un infarto de miocardio.
-         Qué me está contando, Martínez.
-         Exactamente eso ha dicho el forense. Se cree que le inyectaron una sustancia, pero aún falta determinar cual. 
-         ¡Señor, señor, qué cosas!

Han transcurrido cuatro meses, tres semanas y cinco días, desde aquella exclamación del inspector. En este intervalo de tiempo han quedado claras varias cosas, entre ellas, que la causa de la muerte de Victoria Robredo, sobrevino por efecto de una sobredosis de una pócima venenosa que le provocó un colapso y el consiguiente paro cardiaco, después fue arrojada al lago, ya cadáver; probablemente para despistar o ganar tiempo.
Reunidos de nuevo, el mismísimo inspector, su ayudante y el detective de la científica, Andrés Segovia, -hombre de una clarividencia notoria y un físico imponente. Razón por la cual es más conocido entre los colegas, por diversos motes: Andrés la roca, por su fuerza, Andrés el trueno, por su bronca voz, Andrés la tempestad, por sus estruendosas risotadas. Una vez el voluminoso expediente colocado sobre la mesa, los tres, se disponen a cotejar datos y preparar nuevas estrategias de investigación.
-        ¿Qué nuevas traen?, -les insta el inspector. ¿Tiene ya algún sospechoso al que se le pueda atribuir?...
-        Bueno, después de interrogar a varios allegados, amigos y demás, por si acaso hemos seguido cada uno de sus movimientos, pero no hay nada de que acusarles; todos ellos tienen su coartada, por ese lado no parece que hayamos avanzado mucho.
-        Pero habrá alguien por ahí que...
-        No se puede imputar a nadie, solo porque a nosotros nos parezca sospechoso, jefe.
El detective, hace un gesto con la cabeza dando a entender que está de acuerdo con lo que dice Martínez.
-        Verá, inspector, - comienza diciendo- hay varios frentes abiertos. De algunas fuentes ya nos están llegando pistas muy fiables sobre un individuo..., aunque no descartamos ninguna hipótesis.
-        No desde luego, pero, eso no sirve de mucho: quiero resultados, resultados, y los quiero cuanto antes, -y para dar más énfasis a sus palabras, golpeaba con los nudillos en la mesa-. Este asunto se está alargando demasiado y hay que darle carpetazo ya mismo. Así pues, a trabajar.
-        Sí, señor, -responde su ayudante.
-        No tardemos mucho en descubrir al verdadero culpable, -vuelve a reiterar el detective.
Dos días más tarde aparecen dos policías en la Comandancia de la guardia civil preguntando por Martínez. Y cuando están ya frente a él le dicen sin más ni más:
-         Venimos a arrestar al comisario.
-         ¿Cómo?, -la exclamación brota de los labios del hombre como un silbido.  ¿Se han vuelto ustedes locos, son conscientes de lo que están diciendo? 
Como quiera que ellos afirmaban con un gesto, volvió a insistir.
-         ¿Tienen pruebas que justifiquen?...
-         Hay pruebas fehacientes para no dudar que el homicida no es otro que el mismísimo señor inspector, o sea: su jefe.
-         Disculpen que no lo crea. ¿Porqué iba mi jefe a hacer una monstruosidad semejante?
-         Eso tendrá que confesarlo él, delante de quién corresponda. Nosotros únicamente venimos a cumplir las órdenes del Comisario.
No hubo resistencia ninguna por parte del susodicho al ser acusado, más bien parecía como si sintiera un  gran alivio, esa fue la impresión que advirtieron los agentes cuando le arrestaron.