MATAR EL HAMBRE
Conviene reseñar la definición que nos da el diccionario sobre el hambre: Hambre, deseos vivos de comer.
Tiene distintas denominaciones. He anotado unas cuantas: Hambre, a secas, la más común. Hambrón, o hambre canina. Hambruna, hambre grande. Esta última según se dice, es de las peores. Debe ser por el tamaño.
El hambre se manifiesta de muy diversas maneras: sudores, debilidad, fatiga.
Ahora, otra puntualización, para poder matar el hambre, es necesario tener hambre; conviene dejarlo claro. Sí, porque hay algunos que alardean de no conocer el hambre. Con lo cual, éstos afortunados, están exentos. Suerte para ellos. Porque es durísimo luchar contra el hambre. Y más difícil aún cuando se juntan: el hambre con las ganas de comer. Entonces, la batalla está, casi, perdida.
Combatir, por tanto, el hambre es un empeño reñido. El hambre mina la voluntad, envilece la razón, agudiza el ansia. Es fácil ceder, dejarse dominar por el hambre. El hambre, puede conducir a la locura.
Para evitar cometer una indignidad, lo más aconsejable es interesarse en otras cosas. Claro que a veces es imposible sustraerse a la obsesión. Parece que todo se pone a favor del hambre. Pero no hay que desfallecer.
El entretenimiento es bueno. Cuando estés muy desesperado: sal de casa, vete a dar un garbeo, haz un poco de ejercicio. Si no da resultado porque el hambre en vez de menguar agranda y te devora por dentro, regresa.
Prueba, con la Tele. Quizás no sea buen consejo. (No lo es) Aparece en pantalla Arguiñano, está preparando un suculento estofado: (de chuparse los dedos). Los jugos gástricos comienzan a dar saltos en tu estómago, estimulados por la hambruna, retándote a un duelo.
Nada, nada, no te dejes llevar.
Descorazonado apagas el televisor, coges la revista Diez minutos. Ojeas los titulares, comienzas a pasas hojas, la segunda, la cuarta, la decimosexta, nada que te interese. En la página veinte, algo llama tu atención, lees: sección de postres casaros, fáciles de elaborar. Haga usted su propia tarta. Ummm..., te ves haciendo la masa, el merengue; poniendo la guinda al pastel. La boca se te hace agua. Maldición.
Tiras la revista al suelo te pones en pie, sales con decisión hacia la cocina. Llegas, tiras de la puerta de la nevera rabiosa, curioseas lo que hay dentro, se te van los ojos al queso de burgos, tan tierno, tan, apetitoso. Te revuelves, fuera ya de ti, agarras el cuchillo que, casualmente, está al alcance de tu mano y atacas, atacas, con ferocidad, salvaje. A mordiscos, dentelladas; a degüello. Sin dar tregua a la cordura. Así hasta acabar con la presa.
Considero yo, que ésta, es una muy buena manera de matar el hambre.











