domingo, 12 de junio de 2011

TODO INCIDE SOBRE TODO

Cesar caminaba por una céntrica calle, ajeno a cuantas personas se cruzaban con él. Iba pensando en su hijo Pablo. Hacía unos minutos que acababa de dejarle con su ex mujer, en el hogar que fuera también el suyo hasta la disolución del matrimonio, un año antes.
Llegaron al acuerdo de que la vivienda sería para ella y el hijo de ambos. Desde que se firmó el divorcio, su hijo, de nueve años, solía convivir con él los fines de semana estipulados por el juez y el correspondiente periodo vacacional aunque en ocasiones su ex, como un favor especial -y así lo había considerado esta vez, por ser el cumpleaños del padre de su retoño- que pasaran el día juntos.
Lo más doloroso luego, eran las despedidas -siempre ocurría lo mismo-, al verse de nuevo solo, el mundo se le venía encima. Cómo superar esa congoja que la separación creaba  ¿Qué hacer, a dónde ir?
Encaminó sus pasos hacia un parquecillo próximo. Se adentró por un paseo y se sentó en un banco, mientras miraba a las palomas que picoteaban aquí y allá sin inmutarse de quién hubiera cerca.
 Cerró los ojos meditando sobre la soledad en que se encontraba. Soy la suerte sin alas.  Cuando mejor vivía, disfrutando de un bienestar innegable y las expectativas crecían de cara al futuro, apareció, una tercera persona en discordia y todo se vino al  traste. ¡Sorpresas que da la vida, como diría un castizo¡  
Perezosamente, entreabrió sus claros ojos y miró en rededor; el sol declinaba ya, las sombras cubrían gran parte de la superficie del suelo. Va siendo hora de levantar el trasero e irse yendo a rumiar las desilusiones a algún lugar bajo techado, al menos estaré resguardado del frío, se dijo para sí.
Al incorporarse llamó su atención un pajarillo que lanzaba sus trinos, desde la rama de un seto que había a unos pocos metros de donde él se hallaba. Se quedó un instante quieto, maravillado por tan armoniosos gorjeos. Y mientras atendía, pudo fijarse en otra cosa que había en el suelo por debajo del ave..., parecía un bolso, medianamente grande. Alguien debió dejársele olvidado, razonó. Claro que él no sabría decir quien pudo estar sentado ahí, mientras reflexionaba.
Se aproximó al sitio y pudo verificar que, efectivamente era un bolso de color negro. Lo cogió con tiento y lo alzó tanteando el peso. No pesaba mucho. Tenía una cremallera, como cierre, pero estaba descorrida. Husmeó hacia el interior, más era difícil divisar con la vista el fondo, resolvió introducir la mano y tantear. Sus dedos atraparon algo consistente y con rapidez lo sacó. Resultó ser una agenda. Echó un vistazo a las diversas anotaciones por ver si encontraba, entre ellas, alguna identificación: nada. Volvió a revisar las zonas más ocultas y en una rinconera dio con un monedero marrón, sin embargo tampoco halló lo que buscaba. Cesar no sabía que hacer, si dejarle tal cual estaba por si regresaba su propietaria/o o llevársele. Estaba oscureciendo ya… Quizás, examinándolo con más luz diera con lo que buscaba. Alejó las dudas y con el bolso bien sujeto bajo el brazo, salió del parque.

Las farolas de las calles yuxtapuestas a los letreros luminosos de los establecimientos, destellaban. El rótulo de la cafetería de la esquina, especialmente, parecía hacer guiños a los transeúntes. Se dejó llevar por la señal. Bien le vendrá un café, antes de retirarse a descansar
Dicho y hecho, entró aunque no se dirigió a la barra, eligió una mesa apartada y fue hacia ella, sin más. Un camarero se aproximó diligente, y en cuanto Cesar solicitó el café, se alejo presuroso a  realizar la labor como mejor sabía para satisfacer al cliente.
Mientras aguardaba a que le sirvieran, aprovechó Cesar, para reiniciar la búsqueda en el sofisticado bolso. No se anduvo con contemplaciones. Le volcó sobre la mesa sacudiéndolo bien con la finalidad de que saliera al exterior cuanto guardase en sus fondos. Cayeron distintas menudencias: una papeleta doblada por la mitad, un prendedor minúsculo cogido al pico de un pañuelito de seda blanco. Y no conforme todavía, presionó los lados con ambas manos, cosa que estuvo bien, pues al hacerlo descubrió un pequeñísimo departamento lateral solapado. Ávido desató la hebilla de sujeción y sondeó afanoso. ¿Qué escondería, se interrogaba? Poco tardó en averiguarlo pues ya sus nerviosos dedos, ayudados de las uñas, extraían su contenido: un caramelo, dos tiritas y unas píldoras anticonceptivas, nada más o nada menos, según se mirase. Tal hallazgo, venía a demostrar algo interesante, que el bolso era de una mujer y al parecer, en edad fértil. Interesante pista, aunque no suficiente para dar con la desconocida. Dejó aparte aquellas minucias y volvió a coger el monedero marrón, era ya la segunda vez que inspeccionaba los distintos compartimentos en que se dividía. Distinguió el tique de compra de un supermercado muy conocido junto a un billete de metro, y dinero... lo contó. En total cuarenta euros, más unas cuantas monedas que salieron rodando. No esta nada mal, se dijo. Más eso tampoco desentrañaba el misterio sobre la identidad de la propietaria. Tan embebido estaba en la tarea que no escuchó lo que se decía detrás suyo. Fue la potente voz del camarero quién le sacó de su abstracción.
-  ¿Alguien, de los aquí presentes, se ha encontrado un bolso, negro por más señas, en este establecimiento? Esta  joven que ven aquí, dice haberlo perdido.  
Cesar, como pillado en falta, oprimió los billetes entre sus dedos e hizo un movimiento brusco con la cabeza, para poder atisbar mejor. Se quedó con la boca medio abierta. La chica señalada parecía una esfinge. Tanto en la actitud como por su físico le causó esa impresión. Se dio unos instantes para recuperar el control perdido y aún así hubo de carraspear, antes de poder articular palabra alguna. Luego, de corrido, en un impulso vehemente, manifestó de viva voz que él acababa de hallar en un parque próximo, uno con esas características.
Y uniendo la acción a la palabra, izó el bolso hasta la altura de su pecho para que pudiera verle bien la interesada.
Respondió la susodicha, tras fijar la vista en dicho objeto, que parecía ser el mismo que ella andaba buscando. Añadió, que se había estrujado los sesos, pero no lograba precisar en qué lugar se le pudo dejar olvidado. Por eso venía recorriendo aquellos lugares donde, regularmente, pasaba antes de irse a trabajar.

Mientras hablaba se iba acercando a Cesar y, al termino de la frase ya estaba a su lado.
¿Me permite?, solicitó trémula.
Claro, claro. Tenga usted y verifique...
Gracias. Oh, disculpe -dijo de pronto-,  no me he presentado siquiera, soy Patricia. Patricia Ramos.
Mucho gusto.  Yo… mi nombre es César del Moral-contestó él tomando la mano que  ella tendía. Pero, siéntese... ¿Le apetece tomar algo?...
Dudó un instante, la chica, aunque enseguida repuso.
Con el sofoco que traigo..., una cerveza me sentaría bien.
Ya ha oído, -instó Cesar al camarero-, póngale a la señorita lo que pide. 

Bebió con verdadera sed los primeros tragos, luego, ya más relajada, empezó a relatarle a Cesar la importancia que tenía para ella dicho bolso, no por su valor en sí –se apresuro a aclarar-, sino por una receta que guardaba del veterinario. Esa medicina era primordial para curar el padecimiento de mi gatita, señaló. 
Y siguió hablando y hablando y cuando quisieron darse  cuenta, ya la conversación había derivado a temas muy personales e íntimos. Baste decir, que esa noche, Cesar, no durmió en su apartamento.


Ana Vadillo Gómez

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