Prodigios
Se han unido la flor, el oro vespertino y mi hambre,
para reencarnarse en un realismo
de todos los colores.
Siempre queremos que lo maravilloso nos deslumbre,
a pesar de no entender si el prodigio se presenta
sólo para recordarnos su existencia
o, de paso, establecer un orden
ante un espacio tan luminoso y desnudo.
Aunque me ganaba la tristeza, sonreí agradecida
al mirar aquellos esplendores,
disímiles al impulso devorador
que se lo iba tragando todo, hasta robarle
a la excelencia sus perfiles.
Mi hambre, casi ansia,
tenía, sin embargo su ley.
Una ley propia,
una ley ajena a otras vigilancias,
que ignoraba los límites
precisos de su fondo.
Mi hambre vagaba sin encontrar apoyo.
Atravesaba las líneas del vacío
flotando sobre espinos de alambre
claveteados bajo un cielo gris plomizo,
y me precipitaba con urgencia hacia
un magma blanco y viscoso.
Vivimos en otras vidas y la del instinto.

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