A la sombra temblorosa de los tilos
rememoro un amor, después de hacerse ensueño.
Oh fuego del amor, que me inflamaste
para después dejarme sin sueños que vivir,
te aclamo
y no me amparas, siquiera en esta tarde,
sino con un recuerdo que causa más dolor.
Adentrarse en esa penumbra de lejanía temporal
percibiendo olores como de otra época.
La sensación de oasis que da una umbría de álamos
y el fresco de un arroyo
Aquellos benditos tiempos pertenecen
a una sola mujer: a un único amor.
Y es que yo existía sobre la blanca emoción
de un sentimiento.
Se duelen los párpados
de sentir tan de cerca la luz de aquellos sacros días
y verse tan lejos de su influjo.
Éramos ángeles sondeando las simas.
Ríos de vida bañando el universo.
Noches de plata.
Brillantes lunas nuevas.
Más hoy, sin necesidad de abrir los ojos,
advierto, para mi desdicha,
que la imagen que se representa
está tan sólo en mi pensamiento.
La única impronta que me queda
es... observar como el distante sol
contempla con desdén el día
y la tarde otoñal da vueltas sobre sí.

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