Con
estupor observé como un autobús rojo que circulaba por la calle, iba expulsando
por el tubo de escape, además de gases contaminantes, el asma de un jubilado,
la pereza de una pija adolescente, la
tos convulsa de un fumador, la migraña de una asistenta por horas, el sueño
atrasado de un estudiante de COU, la frustración de una mujer separada, el
fiasco de un emigrante, la gastritis del dependiente de turno, el insomnio del
camarero de un pub e incluso, el mal humor del conductor. Todo aquello conformó
una nube oscura e insana que obnubilada los sentidos de los viandantes; razón
por la cual las personas que tuvimos la desdicha de encontrarnos cerca fuimos
los más afectados.
Aunque
gracias a ello y al espíritu solidario que sobrevuela la gran Ciudad, y nos va
suministrando la dosis adicional nos hallamos en la inopia, sin voluntad para
quejarnos… de nada.

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