martes, 8 de mayo de 2012


Con estupor observé como un autobús rojo que circulaba por la calle, iba expulsando por el tubo de escape, además de gases contaminantes, el asma de un jubilado, la pereza de una pija adolescente, la tos convulsa de un fumador, la migraña de una asistenta por horas, el sueño atrasado de un estudiante de COU, la frustración de una mujer separada, el fiasco de un emigrante, la gastritis del dependiente de turno, el insomnio del camarero de un pub e incluso, el mal humor del conductor. Todo aquello conformó una nube oscura e insana que obnubilada los sentidos de los viandantes; razón por la cual las personas que tuvimos la desdicha de encontrarnos cerca fuimos los más afectados.
Aunque gracias a ello y al espíritu solidario que sobrevuela la gran Ciudad, y nos va suministrando la dosis adicional nos hallamos en la inopia, sin voluntad para quejarnos… de nada.

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