sábado, 21 de julio de 2012


tus amenas y recurrentes historias, esas que aderezas con menudas especias, y pétalos de rosa
y jugosos extractos con sabores de siempre.

Cuéntame tus historias: a manera que a ti te las contaba la abuela,
en las noches de invierno al amor del hogar.
Las más costumbristas, semejantes a las del cuento de nunca acabar,
y también aquellas en las cuales se describen notables hazañas
de imaginarios superhombres.

Ah, y no dejes de lado la del mito de los fantasmas, ni el modo en que aparecen y desaparecen por la chimenea difuminados entre el humo y las llamas de la lumbre.

Cuéntame tus historias, ficticias o inventadas: que hablen de epopeyas,
de monstruos que se vengan.
Historias fabulosas, de príncipes valientes, de nobles que nos salvan de todos los peligros.
Historias sin palabras, sin luz y sin testigos, sin pausas ni silencios.
Únicamente tú mirada serena y el pulso de mis sienes,
la súplica,
el anhelo...

Y con todo lo que la sombra hace oír.

La sacudida del viento en la arboleda, el crujir de las ramas,
el temblor de las frágiles rosas, el runrún persistente de las aguas
- ese silabeo de la lluvia en otoño -.
La palpitación de las palomas, sus batidas de alas,
el tronar estrepitoso traspasando montañas y valles...

Más no te detengas ahí
porque es mucha la noche y muchas las historias que recobrar hasta
colmar mi interés.

Tal es su sortilegio.

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