tus amenas
y recurrentes historias, esas que aderezas con menudas especias, y pétalos de
rosa
y jugosos
extractos con sabores de siempre.
Cuéntame
tus historias: a manera que a ti te las contaba la abuela,
en las
noches de invierno al amor del hogar.
Las más costumbristas, semejantes a las del cuento de nunca acabar,
y también aquellas
en las cuales se describen notables hazañas
de
imaginarios superhombres.
Ah, y no
dejes de lado la del mito de los fantasmas, ni el modo en que aparecen y
desaparecen por la chimenea difuminados entre el humo y las llamas de la lumbre.
Cuéntame tus historias, ficticias o inventadas: que hablen de epopeyas,
de monstruos que se vengan.
Historias fabulosas, de príncipes valientes, de nobles que nos salvan
de todos los peligros.
Historias sin palabras, sin luz y sin testigos, sin pausas ni silencios.
Únicamente
tú mirada serena y el pulso de mis sienes,
la súplica,
el
anhelo...
Y con todo
lo que la sombra hace oír.
La sacudida
del viento en la arboleda, el crujir de las ramas,
el temblor
de las frágiles rosas, el runrún persistente de las aguas
- ese silabeo
de la lluvia en otoño -.
La
palpitación de las palomas, sus batidas de alas,
el tronar
estrepitoso traspasando montañas y valles...
Más no te detengas ahí
porque es mucha la noche y muchas las historias que recobrar hasta
colmar mi
interés.
Tal es su
sortilegio.

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