miércoles, 22 de agosto de 2012


En el almanaque colgado en la pared de la cocina de Paula, resaltaba el círculo rotulado de verde sobre una fecha.

<<Uf, que lata –se lamentó- hoy he de ir a la granja de Bobby a recoger el perro, no queda otra opción pues me comprometí a cuidarle mientras él está de viaje. Me tomaré un café y saldré a escape, el pobre animal extrañará no ver a su dueño, a primera hora del día>>.

Mientras se tomaba el brebaje, se acercó a la ventana y observó el panorama a través del cristal.

<<Presiento que antes que acabe el día estará diluviando. Esas nubes que cubren gran parte del cielo lo presagian. También mis huesos lo barruntan. Son los más fiables meteorólogos, se resienten al menos cambio del tiempo>>.

Paula, se apresuró en vestirse y en cuanto se calzó sus botas de cuero, se colocó la mochila sobre los hombros y salió de casa. La mañana estaba fría y desagradable, empezó a caminar a paso ligero, siguió a buen ritmo hasta llegar a las vías del tren, debía cruzarlas por el paso a nivel pero hubo de hacer un alto al escuchar el pitido de la bocina anunciando que se aproximaba un convoy.
Avanzaba con su repique y su balanceo: sonido y movimiento combinado que recreaba un extraño ritmo musical. Mantuvo la mirada fija en la locomotora, mientras coronaba la cuesta a velocidad reducida. El tren entero fue pasando frente a ella hasta sobrepasarla un instante después. Y los chasquidos de los vagones se suavizaron en sus oídos, se dispersaron en la lejanía.

Todo era tiempo, nada más que tiempo, y a la vez el tiempo estaba suspenso en los ojos de Paula.

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