En el almanaque colgado en
la pared de la cocina de Paula, resaltaba el círculo rotulado de verde sobre una
fecha.
<<Uf,
que lata –se lamentó- hoy he de ir a la granja de Bobby a recoger el perro, no
queda otra opción pues me comprometí a cuidarle mientras él está de viaje. Me
tomaré un café y saldré a escape, el pobre animal extrañará no ver a su dueño,
a primera hora del día>>.
Mientras
se tomaba el brebaje, se acercó a la ventana y observó el panorama a través del
cristal.
<<Presiento
que antes que acabe el día estará diluviando. Esas nubes que cubren gran parte
del cielo lo presagian. También mis huesos lo barruntan. Son los más fiables
meteorólogos, se resienten al menos cambio del tiempo>>.
Paula,
se apresuró en vestirse y en cuanto se calzó sus botas de cuero, se colocó la
mochila sobre los hombros y salió de casa. La mañana estaba fría y
desagradable, empezó a caminar a paso ligero, siguió a buen ritmo hasta llegar
a las vías del tren, debía cruzarlas por el paso a nivel pero hubo de hacer un
alto al escuchar el pitido de la bocina anunciando que se aproximaba un convoy.
Avanzaba
con su repique y su balanceo: sonido y movimiento combinado que recreaba un
extraño ritmo musical. Mantuvo la mirada fija en la locomotora, mientras
coronaba la cuesta a velocidad reducida. El tren entero fue pasando frente a ella
hasta sobrepasarla un instante después. Y los chasquidos de los vagones se suavizaron
en sus oídos, se dispersaron en la lejanía.
Todo era tiempo, nada más que
tiempo, y a la vez el tiempo estaba suspenso en los ojos de Paula.
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