PANCHO
Acuérdate, Pancho, de aquella noche de
marras; fuiste testigo de todo lo que aconteció. Quién se encargó de dar el
aviso a las competencias. ¡Te portaste bien, amigo mío!
Y que rápido acudieron los guardias.
Cuanta actitud demostraron. Y los sanitarios. Y los buzos, en alerta por si
había que bajar a las profundidades... Y los perros, ¡qué animales! más que
ladrar, aullaban, alborotados, entremezclándose con nuestros lamentos.
La luna colaboró también desde arriba,
corría a la par que la corriente. Mientras en la cuna de las aguas se iba
meciendo aquel desgraciado ser que tuvo la mala ocurrencia de jugarse
su destino por un arbitrario proceder.
Acuérdate, a la hora de comer lo feliz
que se le veía. Si hasta cantó con Martín y los demás aplaudimos, y nos reímos
con ganas del tonillo que imprimía su desgarrada voz. ¡Si parecía otra persona!
Sus ojos, de pasmado, relucían como dos luceros a medida que entonaba, con la
ayuda del tintorro, el estribillo simplón. Si en su boca, comúnmente
avinagrada, sonaba tal una arenga ensayada de antemano. Y su lengua sonrosada,
asomaba entre los dientes de lobo, como la pulpa de una sandía...
Ay, Pancho, ninguno de los presentes
podía imaginarse lo que aconteció de pronto. ¡Quía!, ni se lo figuraría nadie,
estoy seguro de ello. ¿A qué es verdad cuanto digo, compañero? Claro que tú con
lo tuyo..., en esa situación quizá no te percataras, debido a lo que estabais
viviendo en tu casa... Bien es cierto que tú, Pancho, jamás has dicho ni muu, fueron otras bocas las que se encargaron
de divulgar el chisme de que tu hijo se entendía con la mujer del señor alcalde.
Si se ajusta a la verdad o no, solo tú puedes sacarme de dudas. Bueno, quizás
no es el mejor momento para hablar de asuntos que no conciernen al caso que nos
ocupa, que nos trae de cabeza y que hay que darle solución; aunque sea
desgracia ajena, nos afecta de pleno. Debemos proteger la reputación del
fallecido. Ya sé que él no tuvo consideración con ninguno de sus amigos; ni
tampoco de sí mismo ya que no se hubiera expuesto a perder su vida por algo
tan, tan... impropio en una persona que siempre había sido honesta por demás.
En fin, a lo mejor él tenía la seguridad de que no se descubriría el desatiño
ni que le pasaría nada grave aunque le salió fatal la jugarreta.
De cualquier modo, fue una sucia manera
de actuar y una mala manera de acabar. ¡Mira que subirse al casco de la
embarcación para desembarazarse de la zamarra!... Y que confusión al ver lo que
asomaba por la abertura de los bolsillos, mudos nos dejó a todos y él
descompuesto de vergüenza, sin saber como explicar... sin encontrar una
justificación plausible; su actitud resultaba tan cómica que no osamos ni
reprenderle entonces su deslealtad. Y eso desencadenó la tragedia, convencido
estoy, de que en aquel mismo instante resolvió lanzarse al caudaloso río para
así liberarse de la culpa.
Tú, te debes de acordar, el estupor nos
impidió reaccionar con la premura debida. A mi tal circunstancia no me deja
dormir a gusto por las noches, es por ello que debemos evitar que se sepan las
auténticas razones que le empujaron a obrar como obró; júrame, Pancho, que no
saldrá de entre los afectados lo que nuestro común amigo con tanto afán
escondía: ¡el boleto de la primitiva agraciado con un sustancioso premio
y que durante semanas habíamos buscado infructuosamente y en consecuencia, dada
por perdida la recompensa que la suerte nos brindó!
Y fíjate tú lo
que son las cosas: el estafador salió escarmentado. Terminó ahí su carrera
delictiva.
Fin de la
historia

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