sábado, 15 de septiembre de 2012


PANCHO

 

        Acuérdate, Pancho, de aquella noche de marras; fuiste testigo de todo lo que aconteció. Quién se encargó de dar el aviso a las competencias. ¡Te portaste bien, amigo mío!
        Y que rápido acudieron los guardias. Cuanta actitud demostraron. Y los sanitarios. Y los buzos, en alerta por si había que bajar a las profundidades... Y los perros, ¡qué animales! más que ladrar, aullaban, alborotados, entremezclándose con nuestros lamentos.
        La luna colaboró también desde arriba, corría a la par que la corriente. Mientras en la cuna de las aguas se iba meciendo aquel desgraciado ser que tuvo la mala ocurrencia de jugarse su destino por un arbitrario proceder.
         Acuérdate, a la hora de comer lo feliz que se le veía. Si hasta cantó con Martín y los demás aplaudimos, y nos reímos con ganas del tonillo que imprimía su desgarrada voz. ¡Si parecía otra persona! Sus ojos, de pasmado, relucían como dos luceros a medida que entonaba, con la ayuda del tintorro, el estribillo simplón. Si en su boca, comúnmente avinagrada, sonaba tal una arenga ensayada de antemano. Y su lengua sonrosada, asomaba entre los dientes de lobo, como la pulpa de una sandía...
       Ay, Pancho, ninguno de los presentes podía imaginarse lo que aconteció de pronto. ¡Quía!, ni se lo figuraría nadie, estoy seguro de ello. ¿A qué es verdad cuanto digo, compañero? Claro que tú con lo tuyo..., en esa situación quizá no te percataras, debido a lo que estabais viviendo en tu casa... Bien es cierto que tú, Pancho, jamás has dicho ni muu, fueron otras bocas las que se encargaron de divulgar el chisme de que tu hijo se entendía con la mujer del señor alcalde. Si se ajusta a la verdad o no, solo tú puedes sacarme de dudas. Bueno, quizás no es el mejor momento para hablar de asuntos que no conciernen al caso que nos ocupa, que nos trae de cabeza y que hay que darle solución; aunque sea desgracia ajena, nos afecta de pleno. Debemos proteger la reputación del fallecido. Ya sé que él no tuvo consideración con ninguno de sus amigos; ni tampoco de sí mismo ya que no se hubiera expuesto a perder su vida por algo tan, tan... impropio en una persona que siempre había sido honesta por demás. En fin, a lo mejor él tenía la seguridad de que no se descubriría el desatiño ni que le pasaría nada grave aunque le salió fatal la jugarreta.
        De cualquier modo, fue una sucia manera de actuar y una mala manera de acabar. ¡Mira que subirse al casco de la embarcación para desembarazarse de la zamarra!... Y que confusión al ver lo que asomaba por la abertura de los bolsillos, mudos nos dejó a todos y él descompuesto de vergüenza, sin saber como explicar... sin encontrar una justificación plausible; su actitud resultaba tan cómica que no osamos ni reprenderle entonces su deslealtad. Y eso desencadenó la tragedia, convencido estoy, de que en aquel mismo instante resolvió lanzarse al caudaloso río para así liberarse de la culpa.
        Tú, te debes de acordar, el estupor nos impidió reaccionar con la premura debida. A mi tal circunstancia no me deja dormir a gusto por las noches, es por ello que debemos evitar que se sepan las auténticas razones que le empujaron a obrar como obró; júrame, Pancho, que no saldrá de entre los afectados lo que nuestro común amigo con tanto afán escondía: ¡el boleto de la primitiva agraciado con un sustancioso premio y que durante semanas habíamos buscado infructuosamente y en consecuencia, dada por perdida la recompensa que la suerte nos brindó!
Y fíjate tú lo que son las cosas: el estafador salió escarmentado. Terminó ahí su carrera delictiva.
Fin de la historia




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