Permíteme
decirte en un grito la verdad más auténtica.
Que el mar levantaba olas que
alcanzaban las orillas del otro lado del hemisferio, el sol se cernía sobre el
desolado crepúsculo, la noche olía a frío y el cielo y los collados se entremezclaban
en lo oscuro y la luna me conducía hacia los acantilados (El pánico aviva las
llamas del miedo).
Para salvaguardarme de ese negro
temor me ovillé en los dulcísimos recuerdos. Y el calor hermoso del apego que
imperó en mi infancia espació y sembró estrellas y la alegría dentro de mí
remontó hasta henchir mi espíritu con una dulce armonía.

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