domingo, 24 de febrero de 2013


ACCIÓN!

Con nerviosismo terminé de acicalarme, eché una última mirada hacia el espejo y salí del baño apresurada. De paso hacia la puerta de la calle, recogí el bolso y la americana que descansaba en el respaldo de una silla en el recibidor y sin más dilación partí. No quería llegar tarde a la cita aquella tarde de Domingo. Había quedado para ir al cine con un chico, que me gustaba bastante, por tanto tenía mucho interés en no retrasarme esa vez… Ya estaba él esperándome en el lugar acordado. Nos saludamos con un beso y echamos a andar, por la Gran-Vía hacia el cine “Callao”.
Con las entradas en la mano, las palomitas y el vaso de coca-cola pasamos a la sala 11 donde se proyectaba la película que íbamos a ver. Nuestros asientos estaban en la fila 9, muy bien situados, lo comentó mi acompañante mientras me ayudaba a desprenderme del chaquetón. Nos acomodamos y ambos como de mutuo acuerdo alargamos la mano hacia el cucurucho de las palomitas. <<¡Qué sería del cine sin palomitas, dije yo!>>  <<No sería lo mismo, algunos no aguantarían la publicidad que pasan antes de la proyección, contestó mi amigo>>. Y reímos la ocurrencia.
Al fin se apagaron las tenues luces de la sala y aparecieron impresos en la pantalla los nombres de los actores y el título de la película. Me arrellané en el asiento dispuesta a no perder detalle más no fue así ya que el foco de la linterna del acomodador dirigido hacia donde estábamos nosotros me deslumbró, de tal manera que apenas si distinguí a la persona que se abría paso avasallando y propinando pisotones al personal, sin siquiera pedir disculpas por ello; aunque debió percatarse de las quejas. Más difícil me resultó a mí no saltar ante el olor que desprendía aquel individuo. ¡Uf, que tufo!... Moví los brazos en el aire como queriendo ahuyentar aquel nauseabundo hedor. El hombre, sin inmutarse, siguió revisando la numeración en las butacas que quedaban libres, pero volvió sobre sus pasos, con gran disgusto por mí parte, y se apoltronó en el asiento de mi izquierda. Quedé aprisionada junto al apestoso. Sentí una sensación de nausea mientras él deshacía los nudos de la cochambrosa bufanda que traía enroscada al cuello. Para más inri la puso, sin ningún miramiento, en el brazo separador del asiento; creí morir de asfixia.
Me aparté cuanto pude arrimándome a mi amigo cayendo en la cuenta que acaso éste pudiera creer que me estaba insinuando. Que situación tan bochornosa. Cerré los ojos, quizás si me quedaba quieta sin perder la calma, pudiera aguantar.
Pero ya la insana pestilencia se había expandido, mezclándose con las partículas de oxígeno, contaminando la atmósfera y en un avance veloz, la fuerte mezcolanza, iba penetrando por las fosas nasales, comprimiendo la faringe y haciendo irregular mi respiración. Pensé que no sobreviviría. Hasta el pensamiento se me estaba envenenando. Trague saliva. Me supo amarga. En mi desesperación, traté de imaginar lo que harían los héroes de la película en un caso semejante. La única salida viable estaría en escapar de allí, –razoné- pero esto le parecería bastante raro a mi amigo si, en pleno desarrollo de la historia, yo decidiera abandonar la sala sin permitirle a él ver el desenlace del film. Giré la cabeza y le observé, durante unos instantes, estaba ensimismado mirando a la pantalla. No, no podía hacerle esa faena. De tales cavilaciones me sacó de golpe la ronca voz del tipo apestoso. <<Me cago en la mala sombra, porqué habré venido yo a perder mi tiempo para ver esto. Todas las películas son iguales. Siempre ganan los buenos. ¡A la mierda el cine, a la mierda todo, me largo de aquí!>> Y se fue, sí, pero dejando impregnado en el ambiente y en nosotros, su opresivo olor.



  

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