El que viene detrás, no tiene por qué seguir mis pasos.
A veces ocurre, que el que parece
seguirnos, camina delante de nosotros.
Apresurarse en los pasos no
contribuye a recortar distancias.
Aquel que nos precede, de tanta
agitación, va quemando sus alas, se deslíe en sus señas de identidad a la vez
que se desliza.
El que viene detrás toma en sus manos
el testigo, si bien se mueve a un ritmo más pausado, relativiza el momento,
pasa las hojas de los días con cautelosa naturalidad. Se mete el sol en los
bolsillos para, llegados los fríos, templar sus manos.
El que viene detrás, se desplaza en
la costumbre, destila la memoria de sus ancestros, recoge los arpegios del
canto universal. Se refunde en los colores, se vuelve termal.
Cargado de solemnidad, levanta la
cabeza para ver mejor la vespertina claridad y se asombra de que todo venga a
sus ojos; se deleita en la idea de creer que no está lejos de alcanzar la
orilla.
El que viene detrás, envara el
cuerpo, sustenta la voz, se crece en sus ojos, ríe, llora, airea sus carencias,
salva el honor de los que nunca llegan.

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