sábado, 29 de junio de 2013


El que viene detrás, no tiene por qué seguir mis pasos.
A veces ocurre, que el que parece seguirnos, camina delante de nosotros.
Apresurarse en los pasos no contribuye a recortar distancias.
Aquel que nos precede, de tanta agitación, va quemando sus alas, se deslíe en sus señas de identidad a la vez que se desliza.

El que viene detrás toma en sus manos el testigo, si bien se mueve a un ritmo más pausado, relativiza el momento, pasa las hojas de los días con cautelosa naturalidad. Se mete el sol en los bolsillos para, llegados los fríos, templar sus manos.

El que viene detrás, se desplaza en la costumbre, destila la memoria de sus ancestros, recoge los arpegios del canto universal. Se refunde en los colores, se vuelve termal.
Cargado de solemnidad, levanta la cabeza para ver mejor la vespertina claridad y se asombra de que todo venga a sus ojos; se deleita en la idea de creer que no está lejos de alcanzar la orilla.


El que viene detrás, envara el cuerpo, sustenta la voz, se crece en sus ojos, ríe, llora, airea sus carencias, salva el honor de los que nunca llegan.

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