En el calor de la noche
El Inspector jefe de homicidios permanecía
en pie revisando unos papeles dentro de su despacho cuando siente que llaman a
la puerta. Simultáneamente oye la voz de su ayudante pidiendo permiso para
entrar. Antes de concedérselo, se apoltrona en la butaca de detrás de la mesa,
abre el cajón que cae a su derecha, saca una botella y da un largo trago de
ron. Con presteza vuelve a guardarla en el mismo lugar, carraspea para
aclararse la garganta y luego, elevando la voz emite un lacónico:
<<¡Adelante!>>
Un hombre de mediana edad, alto, delgado y talante sereno, que
contrasta con la vivacidad de sus oscuros ojos, hace acto de presencia.
-
Siéntese, Martínez. ¿Trae
alguna novedad?
-
Sí, señor. Hemos encontrado a
una mujer y por la descripción que reza en nuestro poder..., en fin, estamos
casi seguros de conocer su identidad...
-
No se ande por las ramas y
dígame, ¿Quién es ella?
-
Una joven que no sobrepasa la
treintena.
-
¿Dónde fue
hallada?
-
En el lago, muy en la margen
izquierda, casi en la orilla...
-
¿Y qué les indujo a suponer,
que en ese punto tan concreto?...
-
Después que los buzos
fondearan las zonas más profundas, sin rastro alguno, tuvimos la corazonada...
Y atinamos.
-
¿Aún no ha sido verificada su
identificación por los denunciantes?
-
No, señor inspector. Se ha
dado aviso ya a los familiares para que acudan al Anatómico forense...
-
¿Cuándo, cuándo
se supone que ocurrió el fatal...?
-
Anteanoche. Dos días después
de que denunciaran su desaparición.
-
El dieciséis de Junio
–murmura el inspector, repasando sus notas-. ¿Algo más?.
-
No señor..., pero en cuanto
surja algo nuevo...
-
Está bien, Martínez: buen
trabajo.
Cuarenta y ocho horas más tarde, jefe y ayudante, mantienen una
comunicación telefónica, muy confidencial. Martínez pone al tanto a su superior
de los avances que se van produciendo sobre el caso que les ocupa. Le confirma
que la fallecida es Victoria Robredo, una estudiante de medicina, hija de D.
Manuel, maestro de primaria, muy apreciado entre la vecindad. Y en todo el
pueblo, confirma el inspector.
En cuánto al resultado de la autopsia, también le informa de una
revelación sorprendente: que a la víctima no le sobrevino la muerte por
ahogamiento, sino por un infarto de miocardio.
-
Qué me está contando, Martínez.
-
Exactamente eso ha dicho el
forense. Se cree que le inyectaron una sustancia, pero aún falta determinar cual.
-
¡Señor, señor, qué cosas!
Han transcurrido cuatro meses, tres semanas
y cinco días, desde aquella exclamación del inspector. En este intervalo de
tiempo han quedado claras varias cosas, entre ellas, que la causa de la muerte
de Victoria Robredo, sobrevino por efecto de una sobredosis de una pócima
venenosa que le provocó un colapso y el consiguiente paro cardiaco, después fue
arrojada al lago, ya cadáver; probablemente para despistar o ganar tiempo.
Reunidos de nuevo, el mismísimo inspector, su ayudante y el
detective de la científica, Andrés Segovia, -hombre de una clarividencia
notoria y un físico imponente. Razón por la cual es más conocido entre los
colegas, por diversos motes: Andrés la roca, por su fuerza, Andrés el trueno,
por su bronca voz, Andrés la tempestad, por sus estruendosas risotadas. Una vez
el voluminoso expediente colocado sobre la mesa, los tres, se disponen a
cotejar datos y preparar nuevas estrategias de investigación.
-
¿Qué nuevas traen?, -les
insta el inspector. ¿Tiene ya algún sospechoso al que se le pueda atribuir?...
-
Bueno, después de interrogar
a varios allegados, amigos y demás, por si acaso hemos seguido cada uno de sus
movimientos, pero no hay nada de que acusarles; todos ellos tienen su coartada,
por ese lado no parece que hayamos avanzado mucho.
-
Pero habrá alguien por ahí
que...
-
No se puede imputar a nadie,
solo porque a nosotros nos parezca sospechoso, jefe.
El detective, hace un gesto con la cabeza dando a entender que
está de acuerdo con lo que dice Martínez.
-
Verá, inspector, - comienza
diciendo- hay varios frentes abiertos. De algunas fuentes ya nos están llegando
pistas muy fiables sobre un individuo..., aunque no descartamos ninguna hipótesis.
-
No desde luego, pero, eso no
sirve de mucho: quiero resultados, resultados, y los quiero cuanto antes, -y
para dar más énfasis a sus palabras, golpeaba con los nudillos en la mesa-.
Este asunto se está alargando demasiado y hay que darle carpetazo ya mismo. Así
pues, a trabajar.
-
Sí, señor, -responde su
ayudante.
-
No tardemos mucho en
descubrir al verdadero culpable, -vuelve a reiterar el detective.
Dos días más tarde aparecen dos policías en la Comandancia de la
guardia civil preguntando por Martínez. Y cuando están ya frente a él le dicen
sin más ni más:
-
Venimos a arrestar al
comisario.
-
¿Cómo?, -la
exclamación brota de los labios del hombre como un silbido. ¿Se han vuelto ustedes locos, son conscientes
de lo que están diciendo?
Como quiera que ellos afirmaban con un gesto, volvió a insistir.
-
¿Tienen pruebas que
justifiquen?...
-
Hay pruebas fehacientes para
no dudar que el homicida no es otro que el mismísimo señor inspector, o sea: su
jefe.
-
Disculpen que no lo crea. ¿Porqué
iba mi jefe a hacer una monstruosidad semejante?
-
Eso tendrá que confesarlo él,
delante de quién corresponda. Nosotros únicamente venimos a cumplir las órdenes
del Comisario.
No hubo resistencia ninguna por parte del susodicho al ser
acusado, más bien parecía como si sintiera un
gran alivio, esa fue la impresión que advirtieron los agentes cuando le
arrestaron.
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