A ese abuelo
entrañable.
Miro sus manos. Esas que tantas veces y con tanta
ternura, tomaban mi mano mientras me susurraba: ¿Te vienes de paseo?
Mi corazón
saltaba de alegría y sus ojos reían al verme tan feliz.
Acomodaba su
paso a mis pequeños pasos para cruzar la calle, mirando de lado a lado y, en un
acto de cariño, presionaba sus dedos en mi palma para hacerme ver el riesgo si
me paraba en medio de la vía.
Ahora son mis
manos las que ciñen sus dedos, ellas sirven de abrigo para esa impávida piel
que ni el mismísimo sol entibia.
Ahora es el
afecto quien mitiga los fríos.
Lo mismo, igual
a entonces, sus manos en mis manos, más hoy esos temblones dedos se aquietan
con el tacto, se prestan al amparo, al calor de otra vida (sangre).
Hoy para ti estos versos, estas añoranzas, mi corazón en
cada palabra.

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