lunes, 11 de abril de 2016




A ese abuelo entrañable.

Miro sus manos. Esas que tantas veces y con tanta ternura, tomaban mi mano mientras me susurraba: ¿Te vienes de paseo?
Mi corazón saltaba de alegría y sus ojos reían al verme tan feliz. 
Acomodaba su paso a mis pequeños pasos para cruzar la calle, mirando de lado a lado y, en un acto de cariño, presionaba sus dedos en mi palma para hacerme ver el riesgo si me paraba en medio de la vía. 
Ahora son mis manos las que ciñen sus dedos, ellas sirven de abrigo para esa impávida piel que ni el mismísimo sol entibia.  
Ahora es el afecto quien mitiga los fríos.
Lo mismo, igual a entonces, sus manos en mis manos, más hoy esos temblones dedos se aquietan con el tacto, se prestan al amparo, al calor de otra vida (sangre).

Hoy para ti estos versos, estas añoranzas, mi corazón en cada palabra. 

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