Un hombre puede morir
con la mirada perdida ante la fascinación
que lo desvive,
enajenado en su denso crepúsculo,
para escapar de un mundo
donde la inocencia no tiene lugar.
Se puede morir,
sacudido por tanto descreimiento
por tanta dignidad moral,
y no por compasión hacia sí mismo,
sino para poder amar la vida desde lejos.
En su búsqueda de la verdad,
un hombre... puede morir.
Morirse muchas veces antes
de fallecer.
Así como entras a la vida, sales
para perpetuar el orden,
y luego
resurgir en un rosáceo albor
convertido en abeja.
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