sábado, 9 de julio de 2011


Aquella noche no hubo estrellas.


Aquella noche no hubo estrellas,
ni una minúscula señal, de luz.
Oscuridad,
únicamente oscuridad,
cerrazón entre las nubes.

Nos tapaba los ojos la desgana,
nos ataba las manos el aburrimiento.
Nos abrumaba tanta negritud
tanto silencio.
Aquella noche no hubo estrellas,
el peso de la monotonía nos impedía movernos.

Tardé en adivinar
que las emociones agonizan en la ofuscación.
Tardé en darme cuenta
que se atrofia el pensamiento
en la comodidad.
Tardé,
tardé bastante, en advertir
que la tiniebla mengua la razón.

Aquella noche no hubo estrellas
no pude verte entre la bruma del tedio.
No supe ver los hilos divisorios entre mi vaga
conciencia y tu cuerpo.

Aquella noche no hubo estrellas,
difícil descubrir
en que momento bajó el espíritu celeste
y desplazó el cielo,
regulando los senderos del vivir.

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