Hoy doblan las campanas de todas las estrellas.
Nos sobra dolor y nos falta alguien. Mi alma siente frío en su gruta de huesos.
Basilio duerme aquí. Aquí late el origen de nuestra dignidad: lo real, lo concreto.
Más nada nos brinda a tal punto la impresión de que todo se aleja.
Somos al fin y al cabo simples sobrevivientes en la épica diaria.
La vida nos coloca en un amanecer aventurado, para luego rendirnos a un pensamiento sobre el límite de la noche desierta.
Basilio, mi padre, pertenecía a esas generaciones que jamás se atrevieron a coger lo que deseaban, a ser lo que querían. Su historia, como la de millones de personas, estuvo cuajada de privaciones, sujeta a unas reglas.
En esencia, era una persona íntegra. Una persona de bien, de férreo coraje y caudalosa amistad. De sano juicio y trémulo afán, con una voluntad inquebrantable y una empatía manifiesta. Era amigo de sus amigos, fiable, por su conciencia; tenía las ideas muy claras; basaba los conceptos en su propia experiencia más que en las doctrinas impuestas, a veces, por los demás. Encaraba las adversidades con valentía e intrepidez, en ocasiones sin evaluar el riesgo.
No tenía vanidad, ni prejuicios contra nadie, ni envidias... tenía, eso sí: un corazón tierno y dulzura en los ojos, e íntimos dones que no enumero.
Por la razón, por el amor, por aquél épico invierno del 2000 que anduvo de acá para allá desafiando inclemencias para estar junto a Eugenia. Por las palabras que en un crepúsculo dijera (Que la vida va matando literal y metafóricamente todo lo que vas dejando atrás: mata tu infancia; lo que fuiste y lo que quisiste ser y luego los recuerdos y los olvidos; mata de verdad, como un rayo furioso).
Y es que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de sus voluntades: su actitud personal frente al destino.
Y con todo su vivir murió. Él, él, tan admirable.
Ahora que me he levantado huérfana
para sentirme yo, para entenderme
mejor, de otra manera, él será...
la pura referencia siempre, la eterna referencia.
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