lunes, 17 de octubre de 2011


A veces, nuestra memoria hecha manos de la historia para escribir un poema.

A veces en el libro de la historia encontramos la respuesta a las dudas que laceran nuestra alma.
A veces mirándose al espejo del ahora las preguntas son historias que perturban el sosiego.
Sin entender la razón alumbra nuestra memoria verdades, sino resolutas, expeditamente creíbles, que marcaron otra época.
Los historiadores, entre una nube de miedos, pudieron transcribir su versión sobre los hechos.
Tal como Eneas y su amigo Acates se ocultaron para poder contemplar la ciudad de la fenicia Dido.
Así podemos tener idea de qué manera organizaban su existencia los dioses.
O el modo con que fueron arrojadas las naves de los troyanos, sobre las costas de áfrica por la rencorosa Juno. - Grave afrenta para los súbditos fieles -
Y como escaparon Eneas y sus compañeros de la catástrofe de Troya.
El poder de los dioses era un sarmiento que abarcaba Constantinopla.
A veces, la obstinación arruina las arcas de los mercenarios. - Los argumentos suplantan la verdadera intención de los viles-.
A lo largo de los siglos, la violenta tempestad de odio marcó el pasado y echó por tierra las garantías de perdón.
Asimismo, las garantías de paz, son solo papel mojado que se deshace en el tiempo, a la vista las guerras.
Se advierte que la estupidez de los fatuos anegó de sangre los jardines de la epopeya.
Entre los cimientos de la antigua roma, quedó enterrada el alma de muchos inocentes.
Por todo ello, cuando abrimos algunos libros de historia nos salpica el odio que engendraron ciertas acciones.
Dejemos que el corazón pase delante de la razón y así, el oscuro pasado, cobrará un tinte rosáceo...

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