lunes, 7 de noviembre de 2011


VIAJAR en las viejas victorias, en su intensa corriente, traspuesto de vanidad.
Viajar entre la brisa que draga el silencio, más allá de aquel límite,
que delimita otro término, aún sin revelar.
Viajar como el que huye, entre la niebla de sus seculares miedos.
Viajar pisando la nieve que despinta el sendero.
Viajar por un mundo roto en islas, con el aliento amordazado para no delatarse.
Viajar hacia el pasmo de la constelación menos visible,
hacerse invisible, desvanecerse, desgastarse y volverse borroso,
mientras va cayendo, silenciosamente, cada queja, cada sollozo o risa
hasta fosilizarse en lo alto de los olmos.

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