CONTAMINAR
Ana Vadillo Gómez
Por el ojo de la cerradura apreció que se movieron las cortinas, pero no llegó a atisbar quién era el artífice de tal efecto.
Sin embargo, dedujo, que debía ser alguien muy ducho en esos menesteres. La suavidad con que lo ejecutó se lo demostraba.
La luna que se alzaba entre el caserío gris, era más enorme a cada paso. Precedido por la mujer de cabello negro y sucio, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le había reservado daba, felizmente, al segundo.
Un mapa de la provincia de Guadalipú y un crucifijo adornaban las paredes; el papel carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La cama era de hierro; había asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl.
De pronto vio la única puerta que daba al patio.
La luna, plateada, continuaba creciendo. Con su resplandor distinguió a la mujer, casi desnuda. Era monstruosa. El artífice había deformado sus fantásticas curvas figurando ramas y finos pámpanos. Comprendió que ya no avanzaba con la valija.
Con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada hacia ningún destino, ninguna cama, ninguna habitación.

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