lunes, 5 de diciembre de 2011

El mar que, con pereza, en un vaivén te mece
entre la blanca nieve de tu espuma.
El mar que, en un reflejo te sostiene,
cristalizada en sal ante mis ojos.

Dispersa en la sutil salpicadura,
la luz solar se torna espejo
con tu imagen imantada en mi pupila.
Y a la orilla del agua viene el cielo.

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