sábado, 10 de marzo de 2012


Pájaro monstruoso


Ana Vadillo Gómez

Gradualmente fue abriendo el día. Tomás chasqueó los dedos festejando la salida del astro sol tras el horizonte. Sus duras y curtidas facciones se antojaban entonces más distendidas, menos crispadas de lo que pudieran apreciarse en la penumbra.

Era el momento de echarse al monte con el fin de llegar al tajo e iniciar la tarea, en la recogida de la uva. El método de trabajo en el viñedo requería mucho movimiento y esfuerzo. Excesivo sacrificio para la escasa recompensa que obtenía como empleador. Un mísero salario que no alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas, y si servía para llenar el estómago de la prole, podía uno darlo por bien aprovechado.

Ya de anochecido, Tomás con las pesadas cestas sobre sus hombros, emprende el regreso a la Cooperativa para dejar las jugosas y dulces uvas tintas. Antes apartará un par de granados racimos para los chiquillos. Ya andarían, pensaba Tomás, atisbando tras los ventanucos por verle llegar, sin perder de vista la perola de las gachas. No sabría concretar si su interés era por natural cariño o a causa del deseo de que viniese pronto para empezar a cenar.

Tomás anda jadeante, medio desfallecido, aún así mantiene la espalda recta, aparentando firmeza. Pero nada más lejos de la realidad, lo cierto es que siente una picazón junto a la espina dorsal que le obliga a caminar erguido a pesar y a resultas de sufrir alguna secuela posterior. Y es que, sin entender el origen, ni a razón de qué es víctima de una malformación tan curiosa como atípica.

Un tiempo atrás obligado por la quemazón que sentía se tentó próvidamente el espaldar y notó a ambos lados del espinazo dos pequeños apéndices, delicados pero muy firmes. Al principio era fácil simular tan singular anomalía pero el progresivo desarrollo de tales agregados le originaba un sin fin de inconvenientes.

Entonces, Tomás, comenzó a vendarse el torso en la creencia de que así mitigaría su estiramiento, sin embargo y para sorpresa suya, la pujanza y robustez de las membranosas alas desbarataba la cuidadosa ligadura. Si ya en la primavera despuntaban insinuándose bajo la ropa interior, pasado el verano forzaban de manera impropia la tela de la camisa con el riesgo de aparecer a la vista de todos y dejarle en evidencia.

Atemorizado ante esa posibilidad acabó por hacer algo que iba en contra de sus convicciones e interés económico: desasirse de un cristo de plata –única pieza de valor que poseía, heredad de sus mayores- guardada, cual seguro de vida, para alguna emergencia grave; no obstante con tal de subsanar su engorroso problema valía la pena saltarse, las reglas.
Acudió a un facultativo confiando en que éste solventara, de manera eficaz  y concluyente, su singular problema.

El galeno después de reconocerle y sopesar distintas alternativas emitió un diagnóstico: corregiría la longitud de las alas cercenando las puntas, luego le aplicaría un ungüento que, además de suturar la herida –aseguró con énfasis-, obraría como neutralizante para debilitar el cartílago. Además le recetó un brebaje con propiedades inmunes.
Pero el remedio tuvo un efecto contradictorio e imprevisible. Tomás sufrió una metamorfosis difícil de entender en su organismo: mudó su traza y su espesa lustrosa pelambre por una pelusilla enviciada y superficial, así mismo perdió cejas y pestañas, con lo cual sus ojos aparecían más redondos y sagaces; asemejándose más a un pajarraco que a ninguna otra cosa.

Los renuevos, en vez den ir a menos, evolucionaban con un ímpetu y progresión que en pocos meses alcanzaron una dimensión tan descomunal que fue preciso adecuar la vivienda para que pudiese acomodarse y descansar. Su amante esposa, se vio obligada a ocultarle durante las horas diurnas como medida cautelosa, no fuera a propagarse por ahí el rumor y algún desaprensivo intentara ocasionarles mayores desgracias.   

No obstante una noche, cuando se disponía a echar la ración de alpiste sobre una hoja de periódico -era lo único que podía ingerir Tomás, ya en aquel tiempo sin temor a ahogarse-, se fijó en un anuncio que aparecía encuadrado en el centro de la página. La curiosidad hizo que soltara el paquete de los granos y se pusiera a leer con gran interés. Según avanzaba en la lectura una idea iba germinando en su mente, a la par que una cómica sonrisa se le acentuaba en sus labios. Con el corazón desbocado a causa del nerviosismo, la mujer, tomó un papel y bolígrafo y comenzó a escribir.

A la atención de Montserrat Cucurulla:
En respuesta a su anuncio del periódico, creo que estoy en disposición de facilitarle una buena pista sobre el paradero del monstruoso pájaro que creyó ver hace unas noches. Si acude usted a la dirección que le adjunto (.....) verá por sí misma que la información es veraz y yo me haré con la recompensa prometida.
                                                              Atentamente.
                                                                  S S S

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