jueves, 8 de marzo de 2012

DONDE ROMPEN LAS OLAS

Eduardo es una excelente persona. Desde bien joven despuntaba ya por ser un chaval muy despierto, sumamente curioso para su edad.
Ponía gran interés en todo lo que hacía y prestaba mucha atención a lo que oía. Demostrando con su perspicacia lo listo que era.
Pues, aún poseyendo una profusión de virtudes y otras muchas cualidades, Eduardo no es perfecto. Se podría decir que en  su historial hay una manchita, un punto negro. Aun siendo ya un hombretón y estar en plena facultad física, a pesar de los pesares... ¡Eduardo es: un miedica! ¡Un miedica  asustadizo!: ¡Un auténtico miedoso!
Un día mientras se afeitaba frente al espejo del cuarto de baño, se quedó quieto, mirándose fijamente. Se tocó la cabeza con los nudillos y murmuró en voz alta: “Es... como un rompeolas. Hay algo que siempre termina estrellándose en ella”.
Y es que su naturaleza, padece un trastorno, que le hace reaccionar de una forma impropia. Le asusta la oscuridad. El miedo atormenta sus noches.
El problema del miedo, además del horror que le hace padecer, le acarrea muchos conflictos, y ahora de adulto es peor, debe guardar las formas fingiendo ser un tío valiente, cuando no lo es. Oculta su vergüenza igual que un pecado. ¡El miedo le está arruinando la vida!. Porque se ve impotente para controlarlo.
Eduardo se preguntaba, como y cuando empezó a padecerlo. *Yo debí sentir miedo desde siempre, esta flaqueza martirizante vino conmigo al nacer *.
Y, es que  la complejidad del ser humano no tiene límites, es muy difícil descifrar los enigmas que esconde dentro. Cada persona es un universo.
Hubo un periodo relativamente tranquilo, en que pareció terminar el calvario de Eduardo, al menos, no sufría sobresaltos.
Llegó a creerse, que había superado el problema, le había mantenido cautivo muchos años, pero... *No he vuelto a sentir miedo desde..., desde... ¡ahora estoy liberado!*. Se repetía una y otra vez:
Y lo desterró de su mente. Empezó a hacer lo que suele hacer una persona normal: gozar sanamente de la vida. Pero, cuando más a gusto estaba, ¡Zas!.
Otra vez el suplicio. Su mundo se vino abajo de golpe, ya no le parecía tan seguro, ahora de nuevo le encontraba hostil  y lleno de peligros.
El miedo, tunante, nunca se marchó, ni se apartó mucho de él.
El miedo es una sensación que no se pierde fácilmente. Se sustenta de la inquietud sorda que despierta en la persona que lo padece
Eduardo, ante el miedo se volvía cobarde, se sumía en una profunda desesperación. Se estaba convirtiendo en una persona huraña y taciturna. Su congoja por tantos momentos y noches insomnes le hacían pasar ratos muy amargos. La emotividad, el instinto, la capacidad para afrontar los retos de la vida le fallaban. Aunque esa parte de él permanezca oculta a los ojos de todos. Inventa dilaciones, pretextos, avergonzado de su ultrajante miedo, intentando preservar su reputación por todos los medios. Ignora hasta cuando podrá... Su lucha interior es constante. Indaga entre los laberintos de su mente y al no encontrar respuesta se desespera Eduardo. Y las ilusiones de ganar la batalla al miedo se van desvaneciendo...
La familia de Eduardo vivía, desde tiempo inmemorial, en una casona con unos techos muy altos en contraposición de los pasillos, que eran largos oscuros y estrechos.
Su madre, tenía por costumbre, todos los inviernos, y coincidiendo con las fiestas de Navidad, invitar a una tía, hermana de su padre. La tía Matilde era funcionaria de toda la vida, solterona y con muy malas pulgas. Por un accidente que sufrió siendo niña le quedó, como señuela, una leve cojera que viene padeciendo desde entonces por lo que en, determinados momentos, hace uso de un bastón. Es una señora extravagante, lleva encima un sin fin de abalorios y asegura llena de satisfacción que no se los quita para dormir porque su tintineo le resulta grato. Además, es muy parlanchina, suele añadir a sus propios criterios los de sus antepasados: “Mi madre, que en paz descanse, me decía que cada persona lleva acuestas el peso de las pesadumbres que vamos acumulando y se van haciendo demasiado pesadas con el paso de los años; por lo cual es necesario ir soltando lastre para aliviar las desazones porque si no, llegará un día que nos arrastrarán”.
La tía Matilde, es ya bastante madurita pero al estar sin ningún compromiso, va y viene a donde le da la gana. Por Navidad, casi siempre,  acude unos días de visita en casa de su única sobrina, a la que apreciaba mucho. Aunque, al que quiere, como a un verdadero hijo es a Eduardo, ella defiende, orgullosa, “no es para menos:  soy su madrina”.
La noche del viernes, víspera de Nochebuena, Eduardo trasnochó más de lo debido, él es poco dado a andar muy tarde por ahí, no lo tiene por costumbre. Salió ese día con el propósito de dar simplemente una vuelta con sus amiguetes, arengado por la bullanguera de su tía, y una vez cogida la marcha se fue implicando, sin darse cuenta; que si una copa aquí que si luego otra allí, que si ahora invito yo, que si después me toca a mí... total, que cuando miraron el reloj eran pasadas las tres de la madrugada y llevaban encima una copita de más, por decirlo finamente. Eduardo se despidió de los amigos a la puerta del bar donde se habían bebido el último lingotazo, se le enredaba la lengua, no atinaba a decir buenas noches hasta se le olvidó desearles, Felices Fiestas. Estaba en babia, pero feliz porque el licor ingerido le proporcionaba seguridad. Echó a andar tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos y canturreando; balanceándose suavemente sobre sus fuertes piernas que se movían con gracia y todo. Se sentía: ¡Como el rey del mambo!. Ni se fijaba por donde iba, caminaba y caminaba, dejándose conducir libremente, por la inercia de la costumbre, sin más. Pero, poco a poco, con el fresquito que hacía en la calle por el relente de la noche, la euforia que el alcohol produjo en su sangre, fue disminuyendo hasta el punto que cuando estaba llegando a su domicilio, la alegría, se había trocado por un malestar general: La cabeza le estallaba, y el estómago parecía tan revuelto que amenazaba con salírsele por la boca. Apresuró el paso y abrió la puerta para correr al baño pero, cuando iba por el pasillo, sucedió algo inesperado; tuvo una alucinación. Entre la densa oscuridad percibió una respiración, creyó oír unos pasos; se quedó rígido, expectante, las piernas, tan firmes unos minutos antes, parecían ahora de gelatina y, justo entonces quiso la casualidad que los faros de un coche que cruzaba por delante de la casa iluminara, por una fracción imperceptible de tiempo, el fondo del pasillo; fue suficiente para que los ojos vidriosos de Eduardo vieran aquel duende, aquel espíritu. Tenía los pelos alborotados, una especie de túnica blanca cubriéndole hasta los tobillos, y entre los pliegues de la tela asomaban unas escuálidas manos llenas de sortijas que despedían fulgores azulados además, en una de ellas portaba lo que parecía un garrote que levantó, amenazadoramente, viniendo hacia él. Eduardo, sintió tal escalofrío, tanto miedo que, como un niño pequeño, se orinó;  notó el líquido caliente bajando por sus piernas, empapar los calcetines y mojar los zapatos, antes de llegar al suelo y formarse un charco alrededor suyo. Rompió a gemir en medio del silencio pero, esta vez, la misma sofocación, le hizo correr a enfrentarse a aquella... fantasmagórica “cosa”; la cogió por el cuello apretando, apretando... Fue un horripilante grito el que logró sacarle del Shock. Al apreciar que lo que él creyó un duende, era un ser real, de carne y hueso, huyó despavorido como alma que lleva el diablo hacia el único sitio donde sabía que encontraría la paz: el mar. Al llegar al borde mismo del abismo, detuvo un instante su impulso, pidió perdón a Dios por la felonía y se arrojó al agua, justo en el lugar, DONDE VIENEN A ROMPER LAS OLAS

“La fragilidad de la vida puede romperse, en cualquier momento como un cataclismo”.
Fin.

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