Bendito
sea quién temprano sale de su
casa, sin apurar la noche ni el sueño, sólo por el placer de ver el rayo
matutino.
Bendito sea quién se adentra en el amanecer cada
mañana, quién emprende el camino que nunca tiene fin.
Bendito sea quién sobre el suelo de Madrid se conduce
con la marea de la vida, alza la vista hacia la ciudad y el sol; soporta el
frío atroz y el bochorno de julio.
Bendito sea quién, reducido a una mancha desvaída de
la sociedad, se desprende de las sombras y se echa a volar persiguiendo un
atisbo de suerte.
Bendito sea quién agitando la cabeza remueve su
voluntad para seguir en la brecha.
Bendito sea todo aquel que camina con su desnuda
verdad, mantiene la entereza, anda con sobriedad y decoro, mira con la candidez
de un niño y, ni la cruda realidad le vence.
Bendito sea quien en su dignidad se asienta y ni el temor ni el propio amor corrompe.
Bendito sea quién acude al silencio para oír su trino

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