Escribo sentada en un peldaño de escalera,
a los pies de “La Venus
de Milo” en la mañana soleada de un sábado de Gloria. Me agarro a la imaginación
como una flor en la roca y escribo, escribo con las manos rotas, a contraluz de
la estación.
Urdo una formulación con los
conceptos que están latiendo dentro.
Quisiera que este poema se crease de
climas y fríos, y que la vida pase por su fondo. Los sueños, la guerra, las
leyendas, la velocidad, el espacio.
Siento como respiran las palabras. La
idea incipiente va tomando forma. Se disgrega, igual que un torrente buscando
sus cauces, conformando ríos de ríos sobre tal fundamento.
Anudado a mis sentidos el mural del
paisaje.
Y la locura del alcohol en la sangre
y el frío lapicero en los trémulos dactilares. El compromiso en los oscurecidos
ojos, y el miedo, bien fundado, ante la irascible fiera de los nervios.
Nada nos mira desde ningún sitio y
todo nos ve sin mirarnos.
Termino este poema sobre un charco de
agua…

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