Permíteme decirte en un grito
la verdad más auténtica:
el sol difundía rayos dorados
en todas direcciones por el vasto hemisferio,
el mar levantaba olas que
alcanzaban las orillas del otro lado del planeta,
la noche olía a frío y el
cielo y los collados se entremezclaban en lo oscuro.
Que una masa de sombras se
cernía sobre el desolado crepúsculo.
Y la luna me conducía hacia
los acantilados.
(el pánico aviva las llamas del miedo)
Para salvaguardarme de ese
negro temor me ovillaba en los dulcísimos recuerdos.
El calor hermoso del sol que
imperó en mi infancia.

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