Llovizna
agria asediando las colinas.
María yace en la cama con los
ojos velados a falta de sueño, aquietados en su hondo pesar.
Se ve ahí, como otras muchas,
tantas mujeres en sí misma, ella en todas esas pobres víctimas, desasidas de
luz, en medio del vacío existencial; en mitad de la nada. Sumergida en las
oscuras aguas del sufrimiento, perdida en el silencio de sus alaridos.
Se mueve, como debatiéndose en un
mar de dudas, en un mar de cuyo fondo surgen todas sus inseguridades. Escruta
en la oscuridad con recelo, con ojos de Viernes Santo. Tantea con el brazo, se
apoya en la cama, y levanta la cabeza.
Despertada de la somnolencia, el
recuerdo aúlla en su interior. Se clava las uñas, apurada por la visión que
cruza por su mente: <<¿Qué mal hice yo para merecer tanto castigo?
>> -se pregunta sin hallar respuesta.
Ha de buscar en su interior, en
su imaginación o en su fe algo que la muestre una salida.
Dicen que el amor y el odio están
unidos como un claro a un oscuro.
No había reparado hasta perderlo todo:
su dignidad como persona, su autoestima, incluso el caudal de conocimientos
-ahuyentados de su retentiva a causa de la coerción psicológica-, y no obstante
esos pormenores no fueron en nada comparables al dolor por la pérdida del hijo
que anidó, en un breve espacio de tiempo, dentro de sus entrañas; desgracia que
la dejó vacía, hundida en una depresión que aún la mantenía postrada, con
tiempo para pensar, para interrogarse mentalmente: ¿Cuál pudo ser el detonante
que desencadenó tanta desmesura, tal desequilibro emocional en la persona más
querida por ella, a qué achacarlo, cómo justificar el maltrato por parte del
hombre al que confió su corazón; con quién tenía el propósito de seguir unida
hasta el fin de sus días?. <<Y casi se cumple esa profecía – se responde
para sí>>. Rickie terminó por aterrarla.
Ahí estaba la muestra, el corazón
malherido, abierto como una granada.
La pareja inició, su romance de
manera común entre los jóvenes: un encuentro fortuito en una recepción, unas
cuantas frases dichas de manera tácita, intercambio de los números del teléfono
móvil, una primera cita a la que seguirían otras cuantas y... dada la
naturaleza amorosa de los sentimientos, se hizo urgente poner en antecedentes
sobre sus planes de unión, a las familias respectivas. Bien vistas las
relaciones, por todos, apenas unos meses después, quedaron selladas con el
sacramento matrimonial.
Nada más volver de la luna de
miel, Rickie, participó a su esposa la intención que tenía de pedir a sus jefes
el traslado a la sede central de la empresa de seguros –sita en Valladolid-,
para la cual prestaba sus servicios como representante. A María le sorprendió
esta decisión tan repentina, pues le había oído decir recientemente, a viva
voz, que como Madrid nada, que después
de peregrinar de un lado para otro, al fin había encontrado su sitio, porque la
capital de España ofrecía un vasto ramillete de posibilidades. <<Se
estaba redefiniendo su apetito por los riesgos >>.
¿Aunque quién no se ha visto
obligado a retractarse de lo dicho alguna vez? –deliberó María. Si las
expectativas profesionales son tan interesantes, según aseguraba Rickie, con
mayor justificación. Así pues, por el bien de su esposo apoyó de buena voluntad
tal decisión, aún a costa de tener que renunciar ella al puesto que desempeñaba
como secretaria en una consultoría. Ya buscaría ocupación en la ciudad
Vallisoletana.
Y así fue. María encontró un
excelente trabajo, adecuado a sus méritos. En cambio a Rickie nada le fue
propicio, no sintonizó con los nuevos compañeros, le costaba adaptarse al clima
y no entendía la estrategia adoptada por los jóvenes directivos de la empresa:
<<pandilla de ineptos -despotricaba-. Cualquier día de éstos les voy
señalar donde nos pueden conducir esas
“tácticas”>>.
<<No oses, -le aconsejaba
María- limítate a cumplir sus decisiones sin desvirtuarlas; a ti no te
compete...>>
<<¿Me vas a dar lecciones
tú de lo que debo o no deba hacer, pero que te has creído, mujer. ¿Te sientes
mejor capacitada o piensas que eres mas inteligente que yo? Abrase visto... Ni
se te ocurra en un futuro manifestarme tu parecer mientras no te lo pida,
mantén la boca cerrada si no quieres sufrir las consecuencias, ¿lo has
entendido?>>.
Alguien dijo: La forma de vida es
la suma de muchas cosas a las que decidimos estar atentos. María pasó por alto
“esa” primitiva señal.
La frustración que Rickie, sentía
en sí mismo acabó arrastrando a la mujer por las cresterías del desánimo,
resquebrajando su valerosidad.
En principio fueron velados
reproches, recriminaciones puntuales, pero es sabido que cuando no se
salvaguarda el respeto que debes a la persona que tienes enfrente... Las
relaciones, se van al diantre. Rickie se revelaba como un auténtico canalla.
Cuando no era por “ce” era por
“be”, lo cierto es que Rickie siempre encontraba una justificación para liarla
y, lo que hubiera podido quedar en una mera escaramuza, terminaba en un
griterío sin sentido. En la refriega, invariablemente, María era la perdedora,
la que al final pedía disculpas; la que acababa deshecha, divorciada con la
realidad circundante. “Ser dejando de ser”
Aunque el intimidador no
consideraba que el castigo que imprimía a su esposa excediera ningún límite,
sólo necesitó el aliciente del alcohol para rebasar los márgenes.
Se ausentaba de casa cuando le
daba la gana, sin previo aviso e igual ni volvía en toda la noche o regresaba a
altas horas de la madrugada apestando a bebida, a humo y a otras fragancias...
de mujer. Más todavía llegaba con deseos de seguir la fiesta en el dormitorio.
Y nada de negativas, si María ponía algún reparo con más saña era forzada.
<<Dame placer, zorra. Para esto me
casé contigo- apostillaba>>
<<Hay momentos tan duros
que crees imposible superar, pero hemos de sobreponernos–cavilaba María. Dios
acaba poniendo en el buen camino a los justos.>>.
De aquellos días sin vuelo,
asentados en piedra, se abrió paso un luciente día con rumorosas auras. Esa
pudorosa fecha, con señas identificables, quedaría marcada en la psiquis de la
joven mujer. Entre tanta fiereza remansada, el aleteo de un nueva vida se
anunciaba como una deslumbrante epifanía. Quiso guardar para sí el secreto
hasta que se hiciera notoria e innegable la revelación.
En esas horas, pausadas,
intensas, cuando incluso una emoción singular hace que broten las lágrimas y
escuecen los ojos, el material deslizante del pensamiento produce su propia
luz. <<¿Pudiera ser que esa luz hiciera desaparecer el peso de la
derrota?>>
Mientras aguardaba el milagro de
ese sueño, más valía reunir la energía necesaria y dar el primer *paso, pero
ese “paso” no era de los que se meditan sino de los que sencillamente hay que
dar. Echar por la borda los miedos, extender los brazos y el interés a nuevas
gestas.
*(denunciar).
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