viernes, 9 de noviembre de 2012


Llovizna agria asediando las colinas.

María yace en la cama con los ojos velados a falta de sueño, aquietados en su hondo pesar.
Se ve ahí, como otras muchas, tantas mujeres en sí misma, ella en todas esas pobres víctimas, desasidas de luz, en medio del vacío existencial; en mitad de la nada. Sumergida en las oscuras aguas del sufrimiento, perdida en el silencio de sus alaridos.
Se mueve, como debatiéndose en un mar de dudas, en un mar de cuyo fondo surgen todas sus inseguridades. Escruta en la oscuridad con recelo, con ojos de Viernes Santo. Tantea con el brazo, se apoya en la cama, y levanta la cabeza.
Despertada de la somnolencia, el recuerdo aúlla en su interior. Se clava las uñas, apurada por la visión que cruza por su mente: <<¿Qué mal hice yo para merecer tanto castigo? >> -se pregunta sin hallar respuesta. 
Ha de buscar en su interior, en su imaginación o en su fe algo que la muestre una salida.

Dicen que el amor y el odio están unidos como un claro a un oscuro.
No había reparado hasta perderlo todo: su dignidad como persona, su autoestima, incluso el caudal de conocimientos -ahuyentados de su retentiva a causa de la coerción psicológica-, y no obstante esos pormenores no fueron en nada comparables al dolor por la pérdida del hijo que anidó, en un breve espacio de tiempo, dentro de sus entrañas; desgracia que la dejó vacía, hundida en una depresión que aún la mantenía postrada, con tiempo para pensar, para interrogarse mentalmente: ¿Cuál pudo ser el detonante que desencadenó tanta desmesura, tal desequilibro emocional en la persona más querida por ella, a qué achacarlo, cómo justificar el maltrato por parte del hombre al que confió su corazón; con quién tenía el propósito de seguir unida hasta el fin de sus días?. <<Y casi se cumple esa profecía – se responde para sí>>. Rickie terminó por aterrarla.
Ahí estaba la muestra, el corazón malherido, abierto como una granada.

La pareja inició, su romance de manera común entre los jóvenes: un encuentro fortuito en una recepción, unas cuantas frases dichas de manera tácita, intercambio de los números del teléfono móvil, una primera cita a la que seguirían otras cuantas y... dada la naturaleza amorosa de los sentimientos, se hizo urgente poner en antecedentes sobre sus planes de unión, a las familias respectivas. Bien vistas las relaciones, por todos, apenas unos meses después, quedaron selladas con el sacramento matrimonial.
Nada más volver de la luna de miel, Rickie, participó a su esposa la intención que tenía de pedir a sus jefes el traslado a la sede central de la empresa de seguros –sita en Valladolid-, para la cual prestaba sus servicios como representante. A María le sorprendió esta decisión tan repentina, pues le había oído decir recientemente, a viva voz, que como Madrid  nada, que después de peregrinar de un lado para otro, al fin había encontrado su sitio, porque la capital de España ofrecía un vasto ramillete de posibilidades. <<Se estaba redefiniendo su apetito por los riesgos >>.
¿Aunque quién no se ha visto obligado a retractarse de lo dicho alguna vez? –deliberó María. Si las expectativas profesionales son tan interesantes, según aseguraba Rickie, con mayor justificación. Así pues, por el bien de su esposo apoyó de buena voluntad tal decisión, aún a costa de tener que renunciar ella al puesto que desempeñaba como secretaria en una consultoría. Ya buscaría ocupación en la ciudad Vallisoletana.
Y así fue. María encontró un excelente trabajo, adecuado a sus méritos. En cambio a Rickie nada le fue propicio, no sintonizó con los nuevos compañeros, le costaba adaptarse al clima y no entendía la estrategia adoptada por los jóvenes directivos de la empresa: <<pandilla de ineptos -despotricaba-. Cualquier día de éstos les voy señalar  donde nos pueden conducir esas “tácticas”>>.
<<No oses, -le aconsejaba María- limítate a cumplir sus decisiones sin desvirtuarlas; a ti no te compete...>>
<<¿Me vas a dar lecciones tú de lo que debo o no deba hacer, pero que te has creído, mujer. ¿Te sientes mejor capacitada o piensas que eres mas inteligente que yo? Abrase visto... Ni se te ocurra en un futuro manifestarme tu parecer mientras no te lo pida, mantén la boca cerrada si no quieres sufrir las consecuencias, ¿lo has entendido?>>.

Alguien dijo: La forma de vida es la suma de muchas cosas a las que decidimos estar atentos. María pasó por alto “esa” primitiva señal.  

La frustración que Rickie, sentía en sí mismo acabó arrastrando a la mujer por las cresterías del desánimo, resquebrajando su valerosidad.

En principio fueron velados reproches, recriminaciones puntuales, pero es sabido que cuando no se salvaguarda el respeto que debes a la persona que tienes enfrente... Las relaciones, se van al diantre. Rickie se revelaba como un auténtico canalla.

Cuando no era por “ce” era por “be”, lo cierto es que Rickie siempre encontraba una justificación para liarla y, lo que hubiera podido quedar en una mera escaramuza, terminaba en un griterío sin sentido. En la refriega, invariablemente, María era la perdedora, la que al final pedía disculpas; la que acababa deshecha, divorciada con la realidad circundante. “Ser dejando de ser”
Aunque el intimidador no consideraba que el castigo que imprimía a su esposa excediera ningún límite, sólo necesitó el aliciente del alcohol para rebasar los márgenes.

Se ausentaba de casa cuando le daba la gana, sin previo aviso e igual ni volvía en toda la noche o regresaba a altas horas de la madrugada apestando a bebida, a humo y a otras fragancias... de mujer. Más todavía llegaba con deseos de seguir la fiesta en el dormitorio. Y nada de negativas, si María ponía algún reparo con más saña era forzada. <<Dame placer, zorra.  Para esto me casé contigo-  apostillaba>>

<<Hay momentos tan duros que crees imposible superar, pero hemos de sobreponernos–cavilaba María. Dios acaba poniendo en el buen camino a los justos.>>.

De aquellos días sin vuelo, asentados en piedra, se abrió paso un luciente día con rumorosas auras. Esa pudorosa fecha, con señas identificables, quedaría marcada en la psiquis de la joven mujer. Entre tanta fiereza remansada, el aleteo de un nueva vida se anunciaba como una deslumbrante epifanía. Quiso guardar para sí el secreto hasta que se hiciera notoria e innegable la revelación.         
En esas horas, pausadas, intensas, cuando incluso una emoción singular hace que broten las lágrimas y escuecen los ojos, el material deslizante del pensamiento produce su propia luz. <<¿Pudiera ser que esa luz hiciera desaparecer el peso de la derrota?>>

Mientras aguardaba el milagro de ese sueño, más valía reunir la energía necesaria y dar el primer *paso, pero ese “paso” no era de los que se meditan sino de los que sencillamente hay que dar. Echar por la borda los miedos, extender los brazos y el interés a nuevas gestas.
*(denunciar).

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