- ¿Te acuerdas de mí? –me interrogó aquel hombre de
chaqueta gris y ojos azules, mientras esperaba el comprobante de compra para
abonar la cuenta a la cajera de unos grandes almacenes.
Sorprendida, le miré un instante y respondí
categórica.
-
Pues no, señor, no le reconozco.
-
Vamos, mujer, no finjas. Con lo bien que lo pasamos esa tarde...
-
Pero, ¿qué dice? No sé de lo que habla, ni a qué tarde se refiere.
-
¡Cual ha de ser!: aquella en que nos divertimos como nunca, en el bar Del
Plata.
-
Óigame bien, jamás he estado en ese sitio, ni a usted le recuerdo de
nada; debe ser una confusión por su parte.
(La cajera, entre tanto, nos miraba y sonreía
divertida) Y él, desconcertado ante la rotundidad de mi respuesta, formuló otra
pregunta.
-
¿Acaso, tú no eres María, la esposa de Antonio?
- No, señor, yo soy Ana, la mujer de Félix.
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