Despedida.
Desde la otra
margen del río me estás diciendo adiós,
más si es tu
despedida, no clames: para siempre.
Sobre las
oscuras aguas - te lo hago notar-,
se levanta un
puente.
¿Por qué
te vas, amado mío,
a donde iras
solapado de argento azogue?
¿Qué canto de
sirenas,
qué oculto
encantamiento,
qué rutilantes
vientos te alejan de mi lado?
Oh, impetuosa
mocedad,
que en su
latiente pulso a la cordura rinde.
Recuerda, al
emprender el viaje,
que no es bueno
andar en soledad por las riberas.
Pues igual que
el sol se desentiende de la sombra,
y la ofuscada
luz ensancha sus dominios,
también el orden
de la naturaleza
-dentro del cual
resuenas-,
en su habitual
deriva, puede conducirte a la tiniebla.
Verás, por
doquier, que el paisaje es cambiante,
pierde su color
diamantino,
se deshace,
cristaliza en
desolada noche,
se vuelve
hostil.
Luego, sí al
cabo de tanto errar por los apriscos al otero,
si, aquello que
fuiste a buscar no hallases,
si la fortaleza
de tu espíritu merma,
no demores la
vuelta, bienamado,
y retorna presto.
Pues suspenso en
los umbrales del desvarío
se debate un ciervo
vulnerado,
que tiene el
corazón herido,
por tu triste
abandono;
si bien, mantiene encendida la lumbre en
el hogar.

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