jueves, 4 de abril de 2013


Despedida.
Desde la otra margen del río me estás diciendo adiós,
más si es tu despedida, no clames: para siempre.
Sobre las oscuras aguas - te lo hago notar-,
se levanta un puente.
¿Por qué te vas, amado mío,
a donde iras solapado de argento azogue? 
¿Qué canto de sirenas,
qué oculto encantamiento,
qué rutilantes vientos te alejan de mi lado?
Oh, impetuosa mocedad,
que en su latiente pulso a la cordura rinde.
Recuerda, al emprender el viaje,
que no es bueno andar en soledad por las riberas.
Pues igual que el sol se desentiende de la sombra,
y la ofuscada luz ensancha sus dominios,
también el orden de la naturaleza
-dentro del cual resuenas-,
en su habitual deriva, puede conducirte a la tiniebla.
Verás, por doquier, que el paisaje es cambiante,
pierde su color diamantino,
se deshace,
cristaliza en desolada noche,
se vuelve hostil.
Luego, sí al cabo de tanto errar por los apriscos al otero,
si, aquello que fuiste a buscar no hallases,
si la fortaleza de tu espíritu merma,
no demores la vuelta, bienamado,
y retorna presto.
Pues suspenso en los umbrales del desvarío
se debate un ciervo vulnerado,
que tiene el corazón herido,
por tu triste abandono;
si bien, mantiene encendida la lumbre en el hogar. 

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