Cambios que nos cambian
Emiliana venía sintiéndose mal durante toda la tarde. le
dolía mucho la espalda y sentía una pesadez fatigosa en las piernas. El
embarazo era la causa de sus molestias, lo sabía, como también sabía que aún
faltaban un par de semanas según sus
cálculos, para que acabaran sus padecimientos.
No comentó ni profirió queja alguna. A la
hora de cenar, con la excusa de que se tomó un café con leche un rato antes,
apenas si probó bocado. Sirvió, eso sí, a su esposo e hijas como era costumbre
más en cuanto recogió los platos, con una disculpa pueril, se retiró a
descansar.
Ya en la cama y cerrados los ojos, Emiliana, intentaba
dormir pero no lo conseguía. Cambió de postura, tampoco así lograba
adormilarse. Resignada se dispuso a afrontar otra larga noche.
Afuera diluviaba. El aguacero salpicaba en los cristales de
la ventana y producía una sonoridad persistente y molesta.
Su esposo, a su lado, respiraba acompasadamente, ajeno al
insomnio y malestar de la mujer. Ya bien pasada la media noche pudo quedarse
transpuesta, más estando en ese soporífero letargo notó una sensación cálida
entre las piernas. Introdujo una mano para verificar y… Dios, había roto aguas.
-
Fermín, despierta.
-
Qué ocurre, mujer.
-
Llévame al hospital: voy a dar a luz.
-
Pero qué dices, aún no es la fecha.
-
Pues si no espabilamos…
No obstante, el alumbramiento no se produciría enseguida,
tal como supusiera Emiliana. Alonso no vino al mundo hasta veinticuatro horas
más tarde, cuando su madre apenas si reconocía el sitio donde estaba ni el porqué.
Su hijo nació al amanecer del día veintiocho de diciembre,
festividad de “Los Santos Inocentes” y llegaba en unos momentos muy complicados
para la familia.
Apenas acababan de llegar a la Capital , forzados por un
traslado de su esposo, Fermín.
Las dificultades se sucedían por doquier, primero fue la
búsqueda de vivienda, ardua tarea, dado los precios de los alquileres; hubo que
parearse las calles con el frío inherente hasta dar con una adecuada a sus
necesidades y medios económicos. Por otro lado urgía encontrar plaza para la
niña en algún colegio público cercano, no podía estar sin escolarizar, podrían
sancionarlos.
Aparte, no conocían a nadie que les echara una mano con la
pequeña, mientras ellos hacían las pesquisas oportunas. En resumidas cuentas, el
parto en fechas no previstas, venía a embrollar aún más las cosas. Eso pensaba
Fermín en la sala de espera del hospital, no obstante un rato después cuando le
comunicaron que el alumbramiento había ido bien y que el bebé era un robusto y
sonrosado varón, le cambió el semblante y rechazó los míseros pensamientos de
su cabeza de poco antes.
Sí, porque la célula familiar estaba configurada hasta ese
día: por su esposa, la hacendosa ama de casa Emiliana Bonal, la hijita de
cuatro años, y él mismo: Fermín Sánchez, Subinspector adjunto de policía de
barrio. Así el nuevo retoño venía a sumarse a los demás miembros. Según su
punto de vista, una grata compensación. ¡Un chico, un “macho”, lo que tanto
anhelaba!, se decía para sí. El resto de las cosas… carecían de importancia en
esos momentos.
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