jueves, 14 de noviembre de 2013

Romance

Allá en los siglos pasados
en la ciudad de Granada,
vivió una noble familia:
lo más granado de España.
El señor, de nombre Enrique,
la señora, doña Juana
y el fruto de sus amores
-gran orgullo de la dama-
Manuel de la torre Díez
infante de noble casta.
Proezas de mucha bravura
le aportaron grande fama,
meritoria fue la gesta
del reino que sumó a España.
Marqués le nombrara el Rey
por tan singular hazaña
y un infantado añadió,
siervos, para su labranza.
Estos le rendían tributo,
le servían de buena gana,
creyéndole tan valiente:
igual que a un dios alababan.
- Buena estrella a usted le guíe
señor de ilustre crianza,
buen hijo, de los insignes:
don Enrique y doña Juana.
Prestigio añadió a su nombre,
renombre a tan noble casa,
¿autoridad? nadie niega,
riqueza, se ignora cuanta.
Si su coraje es notorio,
su gallardía era tanta
que a hembra que el galán mirase,
mujer quedare prendada.
Sus conquistas amorosas
por decenas se contaban,
sólo una se es sabido,
a sus cortejos negara.
La más dulce y virtuosa,
la más gentil de las damas.
Hija de un hidalgo hombre,
conocido aristócrata.
Manuel juró por su honor
hacer suya a la muchacha,
y el mismo tesón ponía
que para ganar batallas.
- Juro por mi nombre a Dios
que desposaré a esa dama,
así me cueste la suerte,
no cejaré, en mi cruzada.
En la corte de palacio,
vestirá como sultana,
entre tanta jerarquía
será la más respetada.
Tan seguro estoy de eso
como ducho en tal demanda.
Más ella tan virtuosa,
se guardaba y resguardaba
al amparo de los suyos
sin tomar lo que él brindaba.
El Marqués, por su desaire
no era el mismo, se notaba,
perdió peso, ganó celos,
y ni soltaba palabra.
Lánguido en su ensoñación
consumía la mañana,
en la tarde, despistado,
iba, venía, suspiraba...
Sus padres le reprendían
esa actitud tan extraña.
- Hijo mío: ponle fin,
otras muchas te idolatran.
- Ninguna se iguala a ella,
respondía de mala gana.
Optó por otra mesura
para ganarse a la dama.
- Si con promesas y halagos
no he ganado esta cruzada...
De algo ha de servir mi hombría,
renegaba en su recámara.
Preparó una estratagema,
y raudo corrió a su casa.
Regresó de muy mal ver,
arisco, con la muchacha
asida sobre su hombro,
como si fuese una saca.
- No quisiste por las buenas:
aquí estarás apresada
hasta vencer tu ojeriza
o concluir mi esperanza.
Con su cuantiosa fortuna
reforzó la gran muralla
que circundaba el castillo,
donde recluyó a la dama.
Quién sabe Dios que vilezas
encierra el hombre en su alma,
por muy noble que éste sea:
de alta cuna o buena casta.
Ni viéndolo con sus ojos
ningún vasallo dudara,

que ese bizarro, buen amo / aquella falla ocultara.

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