Cuando llorar no se puede,
el corazón toma forma de
océano
y sus olas ascienden o
retroceden, en vértigo,
entre sentimientos de ahogo y
de fracaso.
Cuando una lágrima oscuramente
encerrada en su pureza,
se fija quieta,
sin tacto ni peso,
en el mismísimo borde del
fanal sin llegar a alcanzar su base
en el azul de su
transparencia
y rema hacia lo oscuro, en
una negación fatalista,
hasta que se condensa al borde
de la tumultuosa amargura…
El
sedimento subyace en el fondo del
espíritu
De alguna manera se ha de
purgar la pena que asalta nuestro ánimo.

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