Cuando llegas al pueblo
en el verano,
después de largos periodos
de ausencia, alzas los ojos con obstinada fijeza y ves la
nevisca sempiterna en los altos de las cumbres y miras los montículos, los
caminos hollados,
andas despaciosamente y reflexionas y sientes la vibración
del pasado.
Ves otros cielos, otras gentes, el encanto de la estrecha
calle…
Ves parte del ayer habitando en tus ojos.
Ves la humilde casa, el jardín de los sueños abandonados,
la tupida sombra del parrado.
Ves kilómetros de espacio, las espaciosas praderías de tierna
hierba,
ves pastorear a las ovejas,
al ducho pastor al abrigo del chamizo.
Ves a los campesinos laborando los campos.
Ves surcos de hormigas, en un trasiego hiriente.
Ves el prodigio de la memoria y sus signos.
Ves zonas de luz y penumbra prendidas al paisaje.
Ves y te ves fuera de todo.
Ves el tiempo roto.
Ves la incierta realidad del presente.
Ves el reino del hombre actual custodiado por lobos.

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