jueves, 8 de septiembre de 2016

Calaba
A la localidad de Calaba recalan en verano cientos de personas. Casi nadie se conoce entre sí. (Y nadie hace nada por cambiar eso).
Se cruzan unos y otros por las calles, por los parques, por el paseo marítimo por cualquier parte pero no se saludan de viva voz. Las miradas se encuentran unos instantes y después huyen hacia otras miradas pero no se detienen. No hay necesidad de más. Sencillamente hay que saber qué gestos cumplir, y en que orden y ritmo o bien basta la mirada como respuesta al ademán de alguien.
Pasa una joven con una melena larga y rubia y el hombre que la mira contiene la respiración, parpadea y deja salir, pausadamente, el aire contenido entre los labios.
Sobran las palabras
Pasa una pareja, cogidos del brazo. Y una señora que pasea a su perrita, les mira con cierto interés, da un hondo suspiro, vuelve la mirada hacia su perrita Kuky, y continúa su paseo. 
Sin palabras.
Allí, en Calaba, pasan esas cosas y otras muchas.
Y no hay lugar más proclive para disfrutar y recrearse. Es un sitio mágico.
Al anochecer, en su despejado cielo se distingue una enorme y anaranjada luna que atrae todas las miradas.
Calaba es una noche estrellada. Canta el cielo en lengua astronómica. Y la luz en su idioma magnético.
Es una tierra de sol y de fresco aliento. El aire trae, a veces, aromas de flor de azahar por sus naranjos.
También por su variada floresta: hibiscos, buganvillas, jazmines, claveles chinos, geranios…
Al que llega por vez primera le impacta y al que sin detenerse mucho entra y hace un recorrido breve, se marcha cautivado.
Allí se vive como en ningún otro sitio. Uno no se siente asaltado por el trabajo, no hay obligaciones apremiantes. Nadie va con prisas, ni con hora. No es preciso el reloj.
Nadie es más que nadie. Ni menos. A nadie se le discrimina. A nadie se la distingue. Todos visten de manera informal y veraniega.
Es como una sociedad ordenada sin grandes diversidades de conducta o de autoridad.
La gente se desplaza de acá para allá de arriba hacia abajo, más cerca, más lejos, pero con el espíritu siempre animoso.
¿Problemas? Apenas. ¿Sufrimientos? Ninguno. ¿Sosiego? Todo. 
Debe ser el talante del visitante el que da a Calaba su forma. (Homenaje a las formas).
El mar, el sol, el clima, la naturaleza, han otorgado a Calaba el privilegio de crecer en ligereza. Y con todo ese entretejido, surge una imagen sólida y compacta.
En Calaba hay a cada momento un niño que desde una ventana ríe. Un perro que salta de contento alrededor de sus dueños al verles aparecer.
Y cuando llega la noche se iluminan las casas, las avenidas, los paseos, en ese momento la localidad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula.
Yo misma creo ser una luciérnaga. Y no sólo soy luciérnaga. Sino también el aire en que vuela. Y me disputo el día en gorjeos.
Con el resto de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quien las recibe.



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