jueves, 23 de febrero de 2017





La puerta de mi casa no necesita cerraduras, siempre permanece abierta.

La puerta de mi casa da la bienvenida a todo aquél que llega con necesidad de cobijo.
La puerta de mi casa se descubre ante las primeras claridades del día.
Deja entrar la luz del sol, el dulce aroma de las plantas; deja entrar el amor,
los buenos augures, provenientes de los montes del amor y la amistad. 
La puerta de mi casa: es memoria…
Presencia, representación de amparo, soporte.
Es apoyo del hombre que presiona la palma contra su recia madera y retrocede para mirar su propia huella.
Es testigo mudo de las idas y venidas de las personas que circulan, como denso enjambre.
Es un estandarte, una bandera blanca.
Da medida de la sombra, del desolado invierno; oye los gritos que dejan su rastro en el aire.
Por la puerta de mi casa se entra buscando descanso tras una jornada laboriosa.
Se entra para resguardarse del frío de la desafección, de los miedos.
Se entra aspirando calma, después de haber cruzado los senderos de la noche y sus arcanos.
Se entra para calentar el corazón con los afectos.

La puerta de mi casa da acceso a la quietud, al asombro, a la gozosa bulla.

La puerta de mi casa está abierta a la vida, a la muerte, a la locura.  
A los sueños tan llenos de color.
A la susurrante mañana,
A las estaciones,
A las épocas,
A esa esperanza inconsciente que pervive en el interior del alma humana.


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