Detente sombra,
no me sigas los pasos.
Mis pies van dando tumbos
tratando de atisbar el horizonte,
y se me corta el aire si te
pones al frente y refrenas mi marcha.
No puedo alegar nada en tu
contra,
pero te ciñes a mi como esa
mano que sujeta la mañana primaveral
con sus diez dedos,
y agobias.
Apareces donde menos se te
espera.
Acometes sin misericordia contra
mi perfil y te pones a jugar por mis márgenes.
Con ese fino resbalar por la
mullida hierba de un espacio en busca de acomodo.
Detente sombra, no entablemos
una guerra.
No me sigas como Aquiles iba
tras de Apolo.
Defiendo tu derecho a ser
sombra,
pero invades el lugar de la
luminiscencia: último refugio de los colores.

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