Por la ranura del recuerdo brotan voces.
Voces cristalinas como un
arroyo de montaña.
Voces que ascienden diáfanas
en un juego inocente
en la paz y la frescura del
alba.
Voces que rebasan las blancas
cimas de los montes,
como si fueran aves migratorias.
Voces exploradoras.
Voces anónimas, que asoman y
asombran.
Las siento saltar, escalar
declives del espacio,
viajar por las líneas que se
quiebran a cada instante
y rodar como un embolo sin
guía,
del pasado a mis oídos.
Llegan con el misterio de la
fe o la sublimidad del milagro.

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