miércoles, 6 de julio de 2011

CALLAR, a veces, es comprender que
el grito puede no dejar oír la música
que ocultamente pervive en los silencios.

Callar, algunas veces, es acallar toda palabra
no justificada y obviar que flote en el aire
como un abejorro que juega a alcanzarte.

Callar, no por costumbre, sino porque la voz
precisa de reposo. Y ese mismo callar
te reconcilia con el sonido de otras voces.

Callar en abandono y libertad
es dar oídos al sortilegio del agua
ya que es más fuerte que los remordimientos.

Callar en esa media noche borrosa,
en esa atmósfera de aparición o milagro
como rindiendo un homenaje al inmaterial eco.

Callar hasta encontrar el corazón
desorientado, por la resaca del invisible mar.
Silenciar esa voz  que vuela por los aires despedazada.

Callar, y sin embargo, jamás enmudecer
ante la voz que se erige como un ángel
custodio de todas las demás.





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