CALLAR, a veces, es comprender que
el grito puede no dejar oír la música
que ocultamente pervive en los silencios.
Callar, algunas veces, es acallar toda palabra
no justificada y obviar que flote en el aire
como un abejorro que juega a alcanzarte.
Callar, no por costumbre, sino porque la voz
precisa de reposo. Y ese mismo callar
te reconcilia con el sonido de otras voces.
Callar en abandono y libertad
es dar oídos al sortilegio del agua
ya que es más fuerte que los remordimientos.
Callar en esa media noche borrosa,
en esa atmósfera de aparición o milagro
como rindiendo un homenaje al inmaterial eco.
Callar hasta encontrar el corazón
desorientado, por la resaca del invisible mar.
Silenciar esa voz que vuela por los aires despedazada.
ante la voz que se erige como un ángel
custodio de todas las demás.

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