FABIO
Fabio va y viene apresurado de un lado a otro de la barra del bar, con su sucio delantal y su puro a medio consumir en la comisura de los resecos labios. Expele el humo por las fosas nasales y cada vez que entreabre la desdentada boca arroja una vaharada ingente, a resultas de lo cual, su cara queda difuminada durante un breve instante, entre la nube gris, mientras él realiza diversos menesteres; bien secando vasos o colocando tazas de café sobre sus correspondientes platos.
Cuando algún cliente le reclama levanta sus saltones ojos grisáceos enfocándolos directamente a la persona en cuestión antes de hacerle la consabida pregunta: ¿qué va a ser?
Al hablar, unas diminutas partículas de ceniza caen difuminadas sobre el mostrador. Con sus regordetas manos trata de limpiar la suciedad de la superficie, más lo único que logra es un tiznón perceptible en su propia piel. Sin preocuparse por ello y una vez oída la petición del parroquiano, se dispone a servirle el cubalibre. Toma un vaso alto y pone tres cubitos de hielo que coge de una cubeta, con sus enquistados dedos, de la misma forma agrega un gajo de limón y luego, sin ningún miramiento, le coloca sobre el mostrador; seguidamente trata de alcanzar la botella de ron que está expuesta en un estante, bien a la vista pero no al alcance de Fabio pues, debido a su corta estatura, no llega ni empinándose, por lo que se ve obligado a alargar todo cuanto le es posible el brazo derecho; logrando al fin su propósito aunque no sin perjuicio. Ya que de tanto estirarse la tela de la camisa se desgarra por la sobaquera dejando al descubierto un matojo de rizosos y humedecidos pelos marrones. Con las mejillas encendidas por tan denodado esfuerzo y resoplando como un elefante, desenrosca el tapón, vierte una generosa cantidad de líquido y, de forma mecánica, vuelve a cerrar el envase de vidrio. A continuación, complementa la bebida con una refrescante naranjada. Ya por último, en un mutismo imperturbable, se lo acerca al cliente, rozándole la mano sin pretenderlo, con la cochambrosa bocamanga de su camisa azul.

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