martes, 22 de diciembre de 2015

HE APRENDIDO que si algo asusta,
prestar oídos al corazón devuelve el sosiego.

Si estás confusa,
únicamente la ternura hace el milagro
y devuelve al espíritu la serenidad.

Que ante el miedo,
el espacio de los ojos va del efecto cegador
a la negrura del discernimiento.

Que el júbilo deslumbra,
torna ruborosa la mirada y
hasta la propia voz, se angosta entre los labios.

Y en el corazón
se desatan olas que sobrepasan a la edad
en un retorno inexorable hacia su origen.

He aprendido, también, que la noche,
en su lobreguez, esconde los sueños
y deja desasida la voluntad del vivir.

Que el tiempo huye de nosotros
y nos deja irremediablemente atrás,
en la levedad de la luz.

Y si de puntillas llegó la aurora
un demorado mar, pausadamente,
puede alcanzar el borde mismo del arco iris.

Asimismo, he aprendido, que una parte de mi
tira hacia la luz y la alegría,
y todo lo demás se deshace en el viento.

He aprendido a no creer en lo que ven mis ojos.



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